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El rey que no sabía que estaba desnudo

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¿Por qué los hechos no cambian nuestra opinión? Este es el título de un artículo publicado, hace un par de años, en la revista The New Yorker. Hoy, el texto que aborda el estudio de la mente humana y la irracionalidad del hombre, cobra un sentido especial, en un México en el que priva todo menos la razón. Las cifras oficiales y las estadísticas generadas por distintas instancias del gobierno federal, son combatidas y desmentidas por otras instancias y, especialmente, por el propio Presidente de la República, quien siempre tiene otros datos cuyas fuentes, por cierto, nunca son reveladas; y que, cabe enfatizar, son defendidos ciegamente por las hordas de fieles seguidores con las que cuenta el Jefe del Ejecutivo.

Llama la atención cómo, los hechos, nunca son suficientes para modificar las férreas creencias del presidente Andrés Manuel López Obrador. Para muchos, resulta fuera de toda lógica que, ante evidencias que parecen indicar que las cosas no van bien, el mandatario insista en que el curso del país es el correcto y, no solamente eso, sino que todo va de maravilla. Todo aquel que vaya en contra de su opinión, corre el riesgo de ser exhibido públicamente para que, sus incontables y leales seguidores, se encarguen de enjuiciar, sentenciar y castigar a los blasfemos. Este texto no pretende evaluar el estatus actual del país, sino dar un poco de luz sobre esta dinámica que cada día se vuelve más fuerte.

De acuerdo con el señalado artículo, desde la década de los años 70, se han llevado a cabo miles de estudios que demuestran que, aún cuando se afirma que el ser humano es un ser racional, en realidad es totalmente irracional. El texto habla del sesgo de confirmación. Esto no es otra cosa que la tendencia de la gente de aceptar aquella información que va de acuerdo con sus creencias, y de rechazar la información que las contradice. Esto puede representar un serio peligro para cualquier persona, ya que puede llevarla a pasar por alto evidencia de potenciales amenazas o de darle poca importancia a las amenazas existentes. Por ejemplo, si un ratón está convencido de que no hay gatos cerca, podría convertirse rápidamente en la cena de algún astuto minino.

El citado escrito habla también de la ilusión de la explicación profunda. Es decir, la gente en realidad cree saber más de lo que en realidad sabe. Se cita un estudio en el cual se pidió a un grupo de estudiantes que explicaran la forma en cómo trabajan algunos artículos de uso diario, como la taza de baño, y que se autoevaluaran en cuanto a la comprensión que tenían sobre el funcionamiento de estos artículos. Este estudio sirvió para revelar el nivel de ignorancia de los participantes. Es decir, confiamos en los inventos y conocimiento de otra gente, sin necesidad de desarrollar el conocimiento nosotros mismos. Sin embargo, ¿qué sucede cuando se está en una posición de liderazgo y se tienen que tomar decisiones sobre temas que el líder no conoce?

Este cuestionamiento es verdaderamente relevante. Si el líder no tiene el conocimiento de los temas sobre los cuales debe decidir y, además, padece como el resto de los humanos, del sesgo de confirmación, lo que puede esperarse es una toma de decisiones equivocadas. Si, adicionalmente, el líder se rodea de colaboradores que simplemente se limitan a darle la razón, inclusive cuando la evidencia muestra que está equivocado, el problema se vuelve aún más grande. Lo más grave es que, tratándose del mando de un país, una toma de decisiones equivocada, puede tener un impacto catastrófico sobre los niveles de bienestar de sus ciudadanos, cuya recuperación podría tardar muchos años.

gituartem@gmail.com

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