El mundial continúa a todo lo que da, entre polémicas, goles, balonazos y sobre todo, mucha pasión. Cuando hablamos de futbol, englobamos todas y cada una de las pasiones y actividades humanas: el arte, la entrega, la ira, el sufrimiento, la economía y desde luego, el crimen.

Un ejemplo en el que los actos más infames a veces son perpetrados por ídolos de la cancha fue el caso del brasileño Bruno Fernandes de Souza, culpable del indignante feminicidio de la modelo Eliza Samudio.

La historia arranca un 23 de diciembre de 1984, cuando vino al mundo Bruno, quien creció en el conflictivo ambiente de las favelas. Su carrera como portero fue en ascenso y comenzó a destacar en su país. Como suele ser en estos casos, tenía muchos admiradores entre la afición. Llegó a ser arquero del Flamengo y además de su esposa tenía a su amante: la hermosa modelo Eliza Samudio.

Todo parecía la típica historia de éxito… hasta que el 9 de junio de 2010, la mujer desapareció. En 2009 había quedado embarazada, para dar a luz en febrero del siguiente año. Al no apoyarla económicamente, Eliza, de 25 años, amenazó con demandarlo y hacer público todo, lo que a Bruno no le convenía, pues perfilaba para participar en el mundial de 2014.

LOS HECHOS
El bebé del portero y la modelo se llamaba Bruninho, y tenía 4 meses cuando ocurrió el caso, que se destapó cuando Fernandes fue denunciado por un militar de nombre Marcos Aparecido, quien participó de forma activa en el terrible y miserable crimen del que el jugador fue autor intelectual.

El caso se desarrolló en gran parte en Mina Gerais y parece extraído de un relato del escritor Rubem Fonseca, (también brasileño) cuyas tramas intrincadas siempre se centran en lo más oscuro, cruel y sangriento de la naturaleza humana y quien acertadamente, una vez dijo que “el dinero no compra la elegancia, tan solo su simulación”.

Resultó que Bruno Fernandes de Souza se alió con Marcos y su sobrino de 17 años (quien tiempo después se convertiría en testigo clave) para secuestrar a Samudio. La llevaron a las afueras de Río de Janeiro y la asesinaron, golpeándola y posteriormente estrangulándola. Después, la descuartizaron para darle los restos a unos perros de raza rotweiller. Como era de esperarse, el caso estremeció no solo a los cariocas, sino a toda la población brasileña y enfureció al mundo. El bebé se salvó de morir en el último momento y fue entregado a su abuela, Sonia Fátima.

El caso fue definido por la jueza Marixa Lopes Rodrigues como un actuar “de forma violenta, fría y diabólica”. Se le juzgó a Bruno por los delitos de agresión, secuestro, corrupción de menores, tortura y asesinato de la madre de su hijo. El equipo Falmengo, que pagaba a los abogados, tuvo el tino de desconocer todo vínculo y retirarle no solamente el apoyo y los contratos millonarios, sino también la asesoría legal.
​El 8 de marzo de 2013 Fernandes fue sentenciado a 22 años de prisión, pero en 2017, a causa de otros de sus hábiles abogados, fue liberado pese a las constantes demandas de la madre de Samudio.

Eliza era una mujer con toda una vida por delante, que fue engañada por los perpetradores con la excusa de llevarla a un departamento para ella y su bebé.
El caso como tal es de por sí indignante, pero lo resultó más en 2017, cuando Bruno salió de la cárcel y fue aceptado en el equipo Boa Esporte Clube. Sonia sigue peleando por justicia ante la violencia machista e impunidad.

El tema de los crímenes en este deporte que ahora está en boca y mente de todos es profundo, basta con recordar el “Fifagate”. También está el libro “¿Cómo se robaron la copa?” de David Yallop, y en Spotify se puede escuchar el podcast “Futbol a muerte” de la periodista Marion Reimers donde se investiga momentos clave a fondo.
Esos son solo algunas muestras en las que el delito “jugó” un papel importante entre aficionados, futbolistas, árbitros y canchas.

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