KALEYDOSKOPIO
El tiempo se va como agua entre las manos. Algo queda, tal vez, cierta humedad, como un recuerdo que finalmente se evapora.
Al ver nuestras manos vacías, recordamos lo que ahí había.
Así transcurre nuestro paso por este mundo. Tal vez, como ese líquido que se filtró entre nuestros dedos para desaparecer y caer. Se llevó parte de nosotros y al descender se deposito en otro lugar para dejar huella. Tal vez una mancha. Quizás humedeció la tierra para permitir que una semilla germinara y diera paso al desarrollo una planta, una flor, un fruto, o un árbol. Sin darnos cuenta, sin pretender hacerlo.
Parece que transitamos en esta vida sin percatarnos que dejamos huella. Si, una huella que podría ser para nosotros efímera y sin importancia. Tal vez poco trascedente. A pesar de esos pensamientos, estamos aquí y por insignificantes que pretendamos ser, hay algo que aportamos a este paso por la vida. Podría ser que procreamos una familia y algún descendiente provocará un cambio. O somos un ejemplo del que hacer o, no hacer. Podríamos pensar que somos insignificantes y no dejaremos más que una mancha. Una simple y fea mancha.
Una mácula que será para otros, indeleble y un sitio de referencia. Un recordatorio de algo, alguien. Un recuerdo importante. Podría dar sentido a algo positivo, o tal vez, negativo.
Todo ello estará ahí, presente. La mayoría ni siquiera se percatarán de ellas. Son referencias que han quedado ahí. Solas, calladas, aisladas. Se pueden consultar, pero preferimos no aprender ni recordarlas o trasmitirlas.
Aplicamos lo que se dice coloquialmente: “no aprendemos en cabeza ajena”. Es decir, tenemos que repetir y repetir. Caer, y volver a caer en los mismos errores. Hasta que cansados decidimos hacer caso y aprendemos. Nos toma mucho tiempo.
No podemos ver el futuro. Está claro.
Sin, embargo, ese futuro se crea en el pasado. Las respuestas están contenidas en el ayer. Es no olvidar lo que paso, para no caer en los mismos errores de antaño.
Baruch Spinoza, filósofo holandés del Siglo XVII, dijo: “si no quieres repetir el pasado: estúdialo”.
-¿Estudiar?
– ¡Por favor!, eso es muy difícil y nada entretenido.
Es mejor ver el fut, o el beis, o las telenovelas de tragedia. Mejor aún, una fiesta, y celebrar.
Enajenados con el alcohol, con el coronavirus o COVID-19, SARS, MERS, las redes sociales, AMLO y sus decisiones, los informes o con el pesimismo colectivo.
Vivimos en el inconsciente. Un inconsciente colectivo.
Este concepto, creado por el padre de la Psicología analítica en el Siglo XX, Carl Gustav Jung, hace referencia a una dimensión que está mas allá de la conciencia y que es común a la experiencia de todos los seres humanos.
A pesar de que este término ha sido objeto de muchas críticas, su teoría ofrece elementos importantes para comprender muchos fenómenos de lo humano.
En la psicología tradicional se entiende que lo complementario al “individuo” es lo social. Para la psicología analítica, lo complementario del individuo, no es exactamente lo social:
-Es lo colectivo.
Lo que las personas tienen en común y al igual que en la dimensión psíquica personal, que está mas allá de la conciencia (el inconsciente), lo colectivo, también tiene su propio inconsciente.
En otras palabras, según Jung, hay una serie de experiencias psíquicas, imaginarios y símbolos, cuya existencia no viene dada por los aprendizajes adquiridos, sino que se trata de experiencias que compartimos todos los seres humanos, independientemente de nuestras historias de vida individuales, (Quiroga,M.P,2010)*.
Se trata de una plataforma común, de un aservo de información compuesta por arquetipos, que modelan nuestra individualidad, es decir, la psique tiene características comunes que existen independientemente de la cultura y de la historia de las sociedades. Se trata de una instancia que trasciende la edad, la vida e incluso la muerte; es una experiencia que ha acompañado a la humanidad desde su existencia.
El inconsciente colectivo sirvió a Jung para ofrecer explicaciones sobre los significados comunes de los símolos y mitos que aparentemente son distintos entre culturas, mediante los arquetipos, que son formas preexistentes y universales (ideas, imágenes, símbolos) que dan forma a gran parte de los contenidos psíquicos.
Como he dicho anteriormente, los seres humanos tenemos patrones de conducta instintiva mediados por nuestra actividad biológica y patrones de conducta instintiva mediados por la actividad psíquica. Los arquetipos y el inconciente colectivo se trasmiten. Sus efectos son visibles en la conformación del psique individual.
En pocas palabras, todos hacemos lo que la colectividad dicta.
Lo vemos en estos dias, independientemente de la cultura. Hoy estamos actuando como un solo ente a pesar de las difrencias sociales que nos separan.
Ese arquetipo colectivo hoy se manifiesta en algo que representa la soledad no definitiva, lo decadente, la restricción, la escasez, el aislamiento temporal, el cuidado de la salud, aunque rodeado de gente. También el exámen de conciencia, la introspección, además, la reflexión profunda y la espiritualidad si la tienes o no.
Una figura aparece. Reúne todo en un arquetipo:
-El Ermitaño.
Son momentos de tomar consciencia, verdadera consciencia de que como individuos, aunque parcialmente aislados, estamos rodeados de seres humanos. Por tal motivo, no nos debemos enclaustrar en creencias obsoletas y restrictivas.
Es tiempo de reflexionar, profundamente.
Buscar cuál es nuestra verdadera intención.
Y dejar de guiarnos por lo colectivo, por lo que los demas quieren.
¡Hasta la próxima!
*Quiroga, M.P. (2010). Arte y Psicología Analítica. Una interpretación arquetipal del arte. Arte, Individuo y Sociedad, 22(2): 49-62.
