Hace un año inició esta columna sobre crímenes reales, recordando el caso de “El Loco del Ácido”, uno de los delincuentes que más representativos de León. Agradecemos a todos los lectores por su constante confianza, y por ser una ocasión especial, recordaremos, en dos partes, la vida de H.H. Holmes, uno de los primeros asesinos en serie que actuó en América (junto con el mexicano “El Chalequero”) y sus actos trascienden toda maldad.
Corría el 16 de mayo de 1861 cuando vino al mundo, con el nombre de bautizo de Hermann Webster Mudget. Fue hijo de una madre represora y de un padre abusivo. Desde niño, sabía arreglar máquinas y hablaba con fluidez. Holmes fue un niño que tenía predilección por los esqueletos y los cadáveres, y fue por eso que decidió estudiar medicina. En sus ratos libres, profanaba tumbas y llevaba los cuerpos a su facultad para que se usaran en las prácticas, así comenzó a ganar dólares de manera rápida.
Sin embargo, era un derrochador nato, de modo que para obtener más ganancias fáciles se valía de su atractivo físico y hacía que sus novias lo mantuvieran. Con el paso del tiempo aprendió dos malas artes: la primera, la estafa, y la segunda, el asesinato.
Holmes enamoraba mujeres y posteriormente las mataba. No quería a nadie, de hecho a su mejor amigo lo asesinó dándole láudano.
Viajó por varios estados de la Unión Americana, y finalmente, llegó a Chicago, donde compró un terreno en el Barrio de Englewood, cruce de la calle Wallace con 63. Adicto a asesinar y conseguir dinero fácil, allí llevaría a cabo su plan más siniestro. En ese entonces las novelas de Sherlock comenzaban a estar de moda, así que, para evitar demandas, cambió su nombre a Henry Howard Holmes. ¡Irónico que un criminal de semejante calaña se autobautizara como uno de los más grandes enemigos del delito de la literatura!
EL HOTEL
Corría el año 1893 y en Chicago se llevaría la exposición mundial Colombina, en homenaje a los 400 años del descubrimiento de América. Llegaría gente de todo el planeta, y muchos de ellos buscarían hospedaje.
El asesino decidió abrir el “Holmes Castle”, un hotel que mandó construir cambiando constantemente de contratistas para que nadie sospechase. El edificio tenía todo tipo de trampas: cámaras de gas en las habitaciones, puertas falsas, rampas y toboganes que llevaban a pozos de cal viva, clavos y un sótano de tortura. Para evadir a las autoridades era apoyado por su socio, el estafador Benjamin Pietzel.
Durante la exposición, Holmes asesino a varias personas, la mayoría mujeres. Aunque solo confesó 27, se cree que fueron más de 200, pero el periodista Erik Larson, autor de “El diablo en la ciudad blanca”, la mejor biografía sobre el criminal, afirma que se trata de una cifra exagerada. Pero Holmes era ambicioso y quería experimentar más, mucho más. Como todo psicópata no le importaba nadie salvo sí mismo.
Para evitar sospechas, quemó vivo a Pietzel y ahogó a sus hijos, después incendió el hotel, para borrar evidencias y cobrar el seguro. Todo apuntaba a que se iba a salir con la suya.
Aunque era un ser grotesco y ruin, Holmes tenía una inteligencia privilegiada. Solo una persona que igualara su astucia podía llevarlo ante la justicia, y ese alguien fue el inspector Frank Geyer, miembro de la Agencia Pinkerton, la primera asociación de detectives privados de la historia.
Pero eso lo veremos en la próxima entrega.
