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EL CAMBIO PERSONAL

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Una de las cosas más difíciles no es cambiar la sociedad, sino cambiarse a uno mismo

Nelson Mandela

Siempre al terminar un año y al iniciar otro se hacen balances de lo sucedido a lo largo de doce meses y se tienen expectativas de lo que vendrá. Tanto en lo personal como nación siempre se trata de analizar qué se hizo, qué no se hizo, lo que es susceptible a cambiar porque no dio el resultado deseado, etc., etc., etc.

En lo individual o familiar constantemente se están realizando planes y evaluando si se realizaron o no, si resultaron o no. En base a eso reorientamos nuestras acciones y objetivos. Y aunque continuamente hacemos ese ejercicio, muchas personas elijen el fin de año y el comienzo del siguiente para poner en una balanza lo conseguido y si les satisfizo o no. El cambio es incesante en gran cantidad de aspectos, si se ve que algo no funcionó para lo que buscábamos tenemos la opción de intentar otra alternativa.

Es claro que siempre queremos que todo lo malo cambie, pero el detalle está en que deseamos que se haga sin cambiar nosotros, nosotros sí hacemos todo bien, los demás son los que están mal.

La inseguridad, por ejemplo, es el tema recurrente en el día a día. Casi todos, porque los delincuentes no, estamos cansados de la violencia que vive este país. Pero qué hacemos cada uno de nosotros para lograr un mejor entorno social. La ciudadanía sufre de asaltos en la calle, robos a sus casas, extorsiones, entre gran cantidad de delitos más. Es cierto, los tres niveles de gobierno han sido rebasados completamente, por decir lo menos, pero, ¿y las familias?, ¿dónde están los padres que deben o debieron educar a sus hijos? Los valores con los que se formaron generaciones de mexicanos hoy simplemente se desechan como si fueran algo que estorbara. Los cambios no son malos, pues de otra manera no avanzaríamos, sin embargo, cuando nuestra cotidianeidad implica una gran dosis de asesinatos diarios con un ambiente de incertidumbre y miedo no hay que ser un genio para saber que algo no anda bien.

En realidad es grande el número de familias que han dejado de tener peso en la educación de sus hijos, consideran que lo de hoy es que los pequeños y jóvenes deben ser “libres” para todo, entre menos se entrometa el papá y la mamá en sus “decisiones” es mejor. Se han dejado de inculcar valores, se permite a los hijos adentrarse en la vida a “como Dios les da a entender”. Y la pregunta es, ¿cómo está nuestra sociedad?

Para muchos padres de familia es muy cómodo echar a la calle a sus hijos a que anden con los amigos sin pedirles cuentas o llamarles la atención, se justifican diciendo “ya saben lo que hacen”, ¿en realidad lo saben? Por otra parte, es muy fácil exigir que en la escuela eduquen a nuestros vástagos, esperando que los profesores hagan el trabajo que nosotros dejamos de hacer. Es muy sencillo culpar a los maestros, al sistema educativo, a los programas de estudio, de los errores cometidos en el hogar, cuando los progenitores deben ser los primeros educadores de sus descendientes.

La falta de valores se refleja cada vez más en nuestro transitar diario, jóvenes que no respetan a sus mayores, automovilistas a los que “les vale” el rojo del semáforo, innumerables casos de drogadicción y alcoholismo, la falta de solidaridad con personas en desgracia, entre muchas otras cosas.

Es bueno demandar seguridad, básica para convivir en armonía, pero preguntémonos qué estamos aportando nosotros para conseguir esa seguridad hoy desaparecida. Cambiemos lo que sea necesario, en lo personal, en lo familiar, para contribuir a lograr esa paz tan anhelada. Porque ese adicto que vaga en las calles tuvo padres, el extorsionador alguna vez fue un niño que sólo quería jugar, el asaltante pudo haber sido un profesionista trabajador si en su infancia y juventud se le hubiera orientado y dado una oportunidad, pero, ¿dónde estaban quienes debieron orientarlos?, ¿qué hacían quienes debieron exigirles ser personas honestas?, en suma, ¿dónde estaban quiénes los trajeron a este mundo? Quizás estaban muy ocupados… drogándose, asaltando, o simplemente decidieron ignorarlos.

Hace unos meses un asaltante fue muerto por policías en Ecatepec, Estado de México. El individuo llevaba a cabo un atraco cuando llegaron los uniformados e intercambiaron disparos. El padre del delincuente llegó posteriormente y abrazándolo se puso a llorar. Unas cuantas semanas después ese mismo padre, junto con otro de sus hijos, fue detenido por asaltante. ¿A quién culpamos? Los hijos hicieron exactamente lo que su papá les enseñó, él fue su maestro y ejemplo.

Si se busca que la colectividad cambié para bien debemos empezar por nosotros, todos podemos contribuir de muchas formas a que se den cambios positivos, principalmente desde la familia, la que siempre ha sido, sin duda alguna, la base de la sociedad.

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