Son las 6:30 de la mañana de un día cualquiera. La ciudad está gris, con unos tenues rayos de luz apenas apareciendo, con una frescura matinal que te obliga a acariciarme los brazos en busca de calor. La vida comienza a despertar.

Grupos de personas con cara de cansancio, esperando pacientemente el autobús, un autobús repleto de personas que buscan llegar a su destino para mejorar su calidad de vida, trabajadores, oficinistas, estudiantes, cientos de ellos, esperando trasbordar en las estaciones  correspondientes para llegar a sus escuelas. Por la ventanilla podemos apreciar obreros en bicicletas, toreando vehículos en el asfalto, dispuestos a llegar puntuales a sus fábricas para no perder su bono de puntualidad. Ellos no saben de la existencia de Karl Marx, sólo saben que perderán su bono si no pedalean más fuerte.

Señoras caminando rumbo a la tiendita de la esquina, comprando un par de bolillos para mandarles algo de almorzar a sus hijos, quienes deben de llegar en punto de las ocho para que no les cierren la puerta. Personas vendiendo churros, jugos, tomates, licuados con galletas de avena para aquellos que quieran algo ligero en el estómago. Los cruceros invadidos por vendedores de periódicos, viendo el vaivén de autos de personas de clase media que, encolerizados, van a sus oficinas a recibir los regaños de sus superiores jerárquicos.

Todo un mundo de gente trabajando. Son las siete de la mañana, pero chistosamente, no se ve por ningún lado personas pidiendo monedas. No. Ellos llegan más tarde, como a las once. Porque para ellos, el sueño es sagrado.

Cuando el día ya entró en calor, entonces aparecen, con sus harapos más rotos, despeinados, reinventándose mil dolencias, mostrando sus amputaciones, sus recetas, o simplemente su tono de piel, pidiendo unas “lempiras” bajo el argumento de que son inmigrantes en desgracia, y para rematar con broche de oro, llevan consigo a sus criaturas, quienes desde pequeños aprenden que es mejor pedir que trabajar.

El día termina, el sol comienza a ocultarse, y a las ocho de la noche las personas apenas comienzan a regresar a sus casas, incluso hay quienes llegan más tarde, fatigados, fastidiados de todo: del salario mínimo, de los usuarios, del mal comer, del tráfico. Todos llegan cansados, menos los que viven de causar lástima, aquellos que venden su dignidad por unas monedas. Para ellos, el día laboral acabó desde las cinco de la tarde.

“El trabajo todo lo vence”, dice una frase motivacional que circula desde tiempos memoriales. En estos días no es así. El político no trabaja, pero todo lo vence. El mendigo, el menesteroso, tampoco trabaja, sólo pide, y logra sobrevivir, cambiando sus quinientos pesos en monedas de peso en cualquier tienda o cadena comercial.

Y al llegar a su casa, les esperan los cientos de programa de asistencia social. Pero aquí hay gato encerrado: las cosas no están bien, la clase media, la clase que trabaja, está cansada, cansada de impuesto tras impuesto, cansada de gasolinazos. Pero a ellos nadie les escucha. El gobierno quiere que así sigan las cosas: Los pobres dan más votos que la clase media, los pobres no exigen, no piden nada, más que un calentador solar, una playera, un jugo y una torta de jamón. Los pobres ahí están, dispuestos a vender su patria por mil pesos y una foto con el candidato. La clase media es entonces, la clase jodida, la clase que no vende su voto por una cubeta de pintura, y entonces, paga la consecuencia en forma de impuestos.

EL sistema político es perfecto: una gran mayoría llamada clase baja, regalan su voto por una cachucha, un pan y una botella de agua, señoras con rebozo en mano llenando camiones para apoyar a un candidato que ni siquiera ubican por su nombre, de mitoteras; la clase media, esa pequeña minoría que representa la mayor mano de obra y el mayor ingreso, esos tienen la obligación de mantener al resto que sólo piden pero que nada aportan; la clase alta, la clase política, esa se limita a mantener comprado a la clase baja, y cobrarles hasta la risa a los que sí trabajan, mientras ellos tranquilamente se dedican a rascarse el escroto dentro de sus lujosos aposentos, desayunando en Nueva York.

Lo mismo pasó en el Siglo XVIII, en Francia, hasta que esa pequeña minoría abrió los ojos, tomó la decisión, y entonces comenzó la época del terror, iniciando un 14 de julio de 1789, un hermoso evento histórico, al que actualmente conocemos como “revolución francesa”.

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