Una de las películas de terror más escalofriantes de los años noventa fue “Candyman”. Basada en el cuento del escritor Clive Barker, plantea la historia de un hombre afroamericano que, tras ser asesinado por enamorarse de una mujer blanca, su alma pena eternamente en unos departamentos de interés social de Chicago. Para invocarlo, hay que pararse frente a un espejo y decir el nombre de “Candyman” cinco veces. De esta forma, aparecerá ante ti y te matará.

Aunque obviamente es ficción, como muchas narraciones de terror parte de un hecho real, tan truculento que no asombra haya inspirado una historia que hoy en día tiene un remake que se exhibe en los cines.

LLAMADA DE EMERGENCIA

Todo comienza el 22 de abril de 1987, con Ruth Mae Mc Coy, la típica vecina de la tercera edad que vivía sola, hablaba consigo misma durante largo rato y profería groserías de cuando en cuando. Pese a todo, no era una mujer mala ni peligrosa. Vivía, como tantos otros ciudadanos de Chicago, en los ALBA Homes, unas viviendas de interés social para personas de bajos recursos.

De raza afroamericana Ruth era, como lo señala el portal de noticias sobre crímenes y literatura policiaca “The Lineup”: “un ejemplo vivo de cómo nuestras instituciones fallan a los marginados y desfavorecidos” pues no se le atendió su esquizofrenia de manera oportuna y no tenía trabajo estable.

La noche del 22 de abril las operadoras del 911 recibieron una llamada de emergencia de Ruth, quien les pedía ayuda urgente pues un hombre había entrado del espejo de su baño y quería matarla. Al principio, la autoridad consideró que se trataba de un alucine. Las cosas fueron tomadas en serio cuando otros vecinos también llamaron, reportando gritos, balazos y golpes. Aun así el Departamento de Policía de Chicago no prestó atención. No fue sino hasta días después que, gracias a la insistencia de la vecina, un policía la acompañó con el portero, quien abrió el departamento con la llave maestra.

 La sorpresa no pudo ser mayúscula: el lugar olía a carne humana en descomposición y Ruth estaba muerta por cuatro balazos: en hombro izquierdo, muslo izquierdo, el lado derecho del abdomen y la parte superior del brazo derecho. Unos hombres entraron a la casa retirando el gabinete del espejo del baño en el apartamento adyacente, rompieron el botiquín del baño de la víctima e ingresaron a través del estrecho ducto de mantenimiento hasta su casa.

Ruth jamás había imaginado nada

Lo peor era que este modus operandi era bastante común en aquellos departamentos olvidados por el gobierno de Ronald Reagan. Era viernes 24 de abril cuando la noticia apareció en los diarios de Chicago y su hija, Vernita Mc Coy, recogía las cosas del departamento.

Poco después se descubrió el motivo de la intrusión a su domicilio: Ruth consiguió mil 979 dólares gracias a la asistencia social, que iba a aprovechar para mudarse. Cuando cambió el cheque se quiso dar un pequeño gusto, comprando un abrigo de piel, que llamó la atención del ladrón al verla con esa prenda. Aunque hubo 2 sospechosos, tampoco hubo suficientes pruebas.

Tiempo después, el director Bernard Rose tomaría elementos del cuento antes citado y de este caso, para crear su obra más famosa.

Los crímenes de esta índole ocurren todo el tiempo, en todo el mundo, y al igual que el caso que hoy nos ocupa, quedan sin un responsable que pague por sus actos. Como bien dice Clive Barker: “y esta historia sin principio, no tendrá fin”.

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