“Sólo Dios es justo, por lo tanto, la verdadera justicia consiste en ayudar con nuestros actos a que se cumpla la voluntad de Dios”. La frase anterior es la mejor definición que el abajo firmante ha escuchado sobre la justicia. Algunas otras fuentes señalan otras definiciones, incluso se han realizado tratados respetables sobre el tema, coincidiendo todos en lo siguiente: “Justicia es darle a cada quién lo que le corresponde”. Desde esta perspectiva, entonces nos encontramos con un Estado injusto, cuyos órganos encargados de procurar y administrar justicia, procuran y administran de todo, menos justicia. ¿Alguna vez han tenido que enfrentarse con un proceso judicial y salir totalmente decepcionado del sistema? Las partes contendientes se enfrentan ante un procedimiento que es explicado en un lenguaje que no entienden, con terminología técnica que sólo los estudiosos del Derecho pueden comprender, como si las leyes no fueran para personas comunes, a la misma usanza que se practicaba en el imperio egipcio, donde sólo una clase minoritaria tuviese acceso a la información. El común de la gente no habla el lenguaje tan sofisticado que se usa en los tribunales. “cuadro fáctico”, “teoría del caso”, “excepción non mutati libeli”, “recurso de revocación y apelación”, “amparo indirecto”, “jurisprudencia”, “auto de vinculación”, entre otros. Desde ahí estamos mal. Hacemos las leyes pensando en muchas cosas, menos en el ciudadano, el cual sufre día con día los estragos de leyes escritas en un lenguaje, para ellos, indescifrable.
Es el pan nuestro de cada día, ver decepcionados el largo listado de errores judiciales e impunidad judicial. Esta semana no fue la excepción. Un juez de oralidad liberó a una banda de asaltantes que, con lujo de violencia, entraron al interior de un afamado despacho de abogados, y tras insultar y golpear a todos los presentes, incluyendo profesionistas, clientes y hasta a los padres de los afectados, revisaron en cada esquina, cada rincón de la vivienda, para llevarse un jugoso motín; a los pocos minutos, gracias a la rápida intervención de elementos de Policía Municipal, los ladrones fueron atrapados, y llevados con prontitud ante la presencia del juez, el cual, después de escuchar el testimonio de todos los afectados, decidió que no había elementos suficientes para que los transgresores de la ley quedaran sujetos a proceso judicial. Quedaron libres.
Hace unos meses, agentes de la ley acudieron a un llamado de auxilio de una persona en total estado de euforia debido al consumo excesivo de estupefacientes, el cual desde una azotea arrojaba objetos, entre ellos una taza de baño, a los transeúntes que caminaban por el lugar. Los elementos llegaron, hicieron todo lo posible por bajarlo de dicho lugar, bajo el riesgo de ser también agredidos por aquella bestia que ya había perdido totalmente el estado de conciencia y que amenazaba con lanzarse al vacío. Sin más herramientas que su ingenio y una endeble escalera que un buen samaritano les prestó, lograron bajarlo, sujetándolo por las prendas para evitar que se aventara al precipicio. Lamentablemente dicha acción ocasionó la muerte del rijoso, quien ante el forcejeó logró fracturarse lo que las personas no doctas en medicina conocemos como “manzana de Adán”. Eso a la jueza no le importó. Los elementos fueron acusados por la Procuraduría por el delito de homicidio calificado (el peor de los homicidios), y la jueza los vinculó por el delito de homicidio simple intencional. Se acreditó manipulación de las pruebas por parte de la Procuraduría, pero eso a la jueza no le importó. El año pasado, un pobre enfermo mental, víctima de esquizofrenia, intentó el rapto de una menor de edad, ya que en su locura señalaba que la iba a ofrendar a la Santa Muerte. La ley penal establece que las penas son para los delincuentes y las medidas de seguridad, para los enfermos mentales. Pero nuevamente a la autoridad judicial no le importó, escuchando por cortesía la opinión de los propios guardias y personal médico tanto de los separos de Policía como del propio centro penitenciario, quienes coincidían en que la persona no se encontraba en sus cinco sentidos. Pero eso no importó. Se le vinculó por el delito de tentativa de homicidio calificado. Hace dos años, Gregorio fue despojado de su camioneta, y tras persecución policial, lograron la detención de los bandidos, sin embargo, el Ministerio Público jamás los puso a disposición del juez, y Goyo aún sigue esperando con ilusión que le manden llamar a la audiencia de formulación de acusación, la cual, el autor de estas líneas, sabe que esa fecha nunca llegará. Esas cosas son el pan de cada día tras las puertas de los juzgados del Poder Judicial. Señor juez, pudiera usted decirme, ¿cómo puede dormir por las noches con toda esa carga de injusticia sobre su memoria? Dios se apiade de su alma. Esta historia continuará…
