Estimados lectores, esta semana escribiremos estas líneas desde la bella ciudad de Bogotá, Colombia. Es impresionante el enorme parecido que tiene la cultura colombiana con la idiosincrasia mexicana, incluso en los aspectos más negativos. El ulular de las sirenas y las patrullas de policía circulando a gran velocidad, es algo que también se vive día con día en la Ciudad de Bogotá, y los paros nacionales están a la orden del día, al igual que en México, siendo testigos de dichos plantones y protestas, las decenas de museos y edificios que se encuentran marcados de pintura en aerosol con vituperios en contra del gobierno que ha sido catalogado de ineficiente por los ciudadanos bogotanos. Aquí también hay delincuencia, ladrones de cuello blanco que se roban hasta los bolígrafos, cual si fueran políticos mexicanos, como si estuvieran cortados por la misma tijera, haciendo sus fechorías por el simple placer de engordar sus bolsillos. A lo largo de las avenidas, se pueden apreciar decenas de menesterosos, gente sin hogar, abrigados bajo el amparo de una cobija que de nada sirve en un lugar donde llueve casi todo el tiempo, y artistas callejeros que hacen todo tipo de malabares, cual si fuera un circo urbano. La gente está enojada, se puede apreciar en el aíre, en el Transmilenio, que es la versión colombiana de la oruga leonesa, donde se ve a la gente correr detrás de las líneas de los autobuses, cargados de estrés, mal comidos, mal dormidos, y lo peor de todos, mal gobernados. Personas que se suben y brincan de vagón en vagón ofreciendo productos que nadie quiere, o pidiendo unas monedas inventando miles de dolencias, desgracias e infortunios. Puestos de comida callejera se ven por doquier, al mismo estilo que los tacos mexicanos, de esos que uno se topa en cada esquina, pero aquí en lugar de tacos toman forma de arepas o empanadas, y el picante casi no se acostumbra como allá, en la tierra del imperio azteca. Es lamentable el concepto que se tiene de nuestro país al cruzar la frontera sur. Al salir del aeropuerto El Dorado, pregunté a mi taxista acerca de si Bogotá era un lugar seguro, que si podía caminar tranquilo por las calles, a lo cual sonrió y me dijo “vienes de México, ya nada te puede sorprender”. Sentí vergüenza, disimulada por una sonrisa forzada. Colombia es muy semejante a México, incluso en su formación académica. Pocos leen, y es decepcionante ver el tiradero de libros en las mesas de ofertas, casi regalados, llenos de polvo y olvido, como si estuvieran rociados de veneno. Algo pasa en América Latina, porque la caótica situación no es propia de Colombia, o de México, sino que también hemos tenido esa experiencia en Guatemala, El Salvador, Belice, y otros países hermanos centroamericanos. Dicen por ahí que la culpa no es del indio, sino del que lo hace compadre. Entonces me cuestiono, hasta cuándo se nos quitará lo indio? Expreso lo anterior con el máximo respeto para los pueblos indígenas, quienes su única culpabilidad es haber permitido el proceso de aculturación por otros países que no tenían nada que ofrecer, salvo sangre y oprobio. Mientras escribo estas líneas, me siguen llegando a través de las redes sociales, las noticias de mi querido Guanajuato, y veo con agrado que las abejas ya lograron firmar el convenio con las autoridades pertinentes, sin embargo aún quedan por eliminar los zánganos de la colmena. También hemos sido informados, del lamentable acontecimiento del Municipio de Villagrán, donde nuevamente se pudo apreciar la incompetencia de las autoridades, preguntándonos si realmente es incompetencia, o una colusión con la delincuencia organizada. Policías asesinados que lo único que deseaban era un mejor estilo de vida para los suyos, sin saber que en mi México lindo y querido, eso no va a pasar hasta que el pueblo deje de dividirse y persiga un bien común, sin ponernos etiquetas de feministas, de estudiantes, de movimientos de ciertas preferencias sexuales, sin pañoletas verdes, moradas, multicolores. Sería bueno convertirnos en palomas, para cagarnos encima de los gobernantes, para devolverles un poco del excremento en que nos tienen sumergidos. Quisiera que surgiera de nuevo un libertador de las Américas, pero la cadena más difícil de romper se llama “ignorancia”, cuyo grillete es muy pesado, sobre todo para aquellos que ya se acostumbraron a cargarla.
