México logró en la Constitución de 1917 definir la democracia, con una tendencia humanista con elevado contenido ético, al afirmar que es una forma de vida, fundada en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.
Para que haya democracia, es necesario que haya demócratas que la hayan estudiado, comprendido su alcance humano y se hayan comprometido a vivir conforme al postulado que nos exige el contenido del artículo tercero de la Constitución, aún jurídicamente vigente.
Para mantener vigente la aspiración democrática, es necesario que políticos de convicción democrática accedan a los cargos de elección popular y estén apoyados en una ciudadanía militante, que asuman con valentía el desafío que implica, en el momento actual, vivir con la convicción y la conducta orientada a buscar, por todos los medios, el constante mejoramiento económico social y cultural del pueblo.
Las buenas leyes, como la Constitución promulgada el 05 de febrero de 1917, requieren gobernantes que, además de haber jurado cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanen, estén comprometidos a entregar cuentas, mediante su comportamiento cotidiano, apegado a los elevados principios en los que debe sustentarse la vida del ciudadano.
No es suficiente imponer rigurosos exámenes de dudosa riqueza pedagógica, para seleccionar a quienes aspiran a ser postulados candidatos, es indispensable que el examen lo pasen ante la historia, que cada uno haya registrado ante quienes soportarán la carga de presentarlos, ante ciudadanos mayormente informados.
La vida democrática de los partidos políticos debe enriquecerse con la definición de democracia, contenida en el texto constitucional y ninguna dirigencia partidista que se precie de serlo, podrá argüir que ignora quién pudiera ser su mejor abanderado, para representarle dignamente a la hora de cumplir con el postulado exigido por la Constitución, a quien se ostente como demócrata.
El político además de ser un ciudadano militante deberá estar entrenado en los asuntos del Estado, pues es verdaderamente lastimoso que quien se reputa como la mejor democracia del mundo, tenga problemas con su flamante presidente, quien tiene una gran habilidad para apropiarse del trabajo ajeno, pero nula disposición a distribuir el producto equitativamente.
El demócrata no es quien mejor maneja la diatriba, sino quien hace de la tolerancia una virtud y ennoblece la ley con su propia conducta; quien aspire a gobernar, lo hará para todos. Debe tener presente esa sabia frase que consta en los muros del palacio de gobierno de Guanajuato, la cual reza: el gobernador puede tener muchos enemigos, pero él no puede ser enemigo de nadie.
Es hora de buscar a los mejores entre lo mejor, con clara intención de atender a los justos reclamos de justicia, de todos los estratos sociales. El gobernante debe ser ajeno a servidumbres, fanatismos y prejuicios, para ser, ante todo, un digno ciudadano.
