No sé en qué momento me enamoré de los perros ni cómo logramos mis hermanos y yo que mis padres accedieran a que tuviéramos uno. No recuerdo bien de dónde salió el primero, pero sí recuerdo que se llamaba Snoopy y que yo traté de enseñarle a comer, así que como muchos niños, consumí croquetas a muy temprana edad. Eso tal vez explique porqué de repente me gusta aullar.
Snoopy murió atropellado, igual que el segundo, Blaky. Una de las desventajas de vivir sobre un boulevard. Tiempo después una amiga me regaló un salchicha café, Toky, que murió de un toque… eléctrico, se le ocurrió morder los cables de la bomba del agua, y pues en su nombre llevaba su fatal destino. Y sin dudarlo creí que tenía una maldición, por lo que mi sueño de ser veterinaria y abrir un refugio para adoptar a todos los perros callejeros del mundo, lo deseché sin darle más vueltas.
Pero un día, ya en la universidad llegando a casa de una amiga, me topé con una cachorrita poodle con pedigrí que mi amiga cuidaba porque nadie la quería ya que había nacido “defectuosa”, y como yo también era defectuosa, me enamoré perdidamente de ella. Chiquita Primera llegó a casa para durar sólo un mes. Una noche escapó mientras metían el coche y murió también atropellada. Caí en una tristeza tan profunda, que sin pensarlo mi amiga, en cuantos los padres de Chiquita tuvieron otra camada, me trajo a una bolita de pelos café oscuro, Chiquita Segunda, alias La Usurpadora, que al principio no quería y que luego se convirtió en mi primer hija y en mi compañera de vida con la que hacía todo. Mis padres además la adoraban, era la princesa de casa que vivió por lo menos 10 años, y seguro hubiera podido vivir más si nos hubiéramos informado correctamente sobre cómo cuidarla. Porque un perro no sólo es una mascota que adorna el jardín, es una responsabilidad muy grande que pocos entienden y logran no llevar a ninguno de los dos extremos: ni perros con “dueño”, maltratados y olvidados en espacios pequeños e insalubres, ni perrijos exageradamente consentidos y alejados de su naturaleza animal.
¿Y qué tiene que ver esto con la literatura? Pues que cuando uno ama a los perros y los cuentos, nada mejor que leer “Dejar huella. Perros de papel, de la memoria, de la imaginación”, un libro donde Anamari Gomis reúne a 12 escritores que con cuentos, relatos y recuerdos, nos comparten cada uno a su estilo historias donde los perros son los protagonistas. Historias crudas, reales, amorosas, futuristas, del pasado, para pensar y reflexionar. Historias donde un perro protagonista nos lleva a mirarnos como humanos. Historias pequeñitas que son una delicia leer por la noche antes de dormir o en la parada del camión. Historias que cuando no puedes tener mascotas porque en tu edificio de departamentos no te lo permiten (no es ninguna indirecta para mis vecinos), son lo más cerca que se puede estar de un ladrido de bienvenida y un beso amoroso a lenguatazos. Y si ya tienes perros o estás por adoptar a uno, (¡¡¡ADOPTAR, DIJE ADOPTAR!!!, LOS PERROS NO SE COMPRAN) este libro será una gran fuente de inspiración para escribir su historia y en ella descubrir la tuya.
Así que a ladrar y leer que hay muchas historias por contar, perritos por adoptar y sacar a pasear antes de que se meen dentro del hogar J
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