No cabe duda que gobernar es un arte. Hoy en día el “arte de gobernar” en cualquier parte del mundo vive momentos de crisis y franco deterioro por parte de quienes ostentan el poder político en cualquier nivel de gobierno, en cualquier sistema político sea esté democrático o autoritario. Parecería que el común denominador en todas partes son gobiernos incapaces e ineficaces.

Son gobiernos sometidos a los caprichos personales y despóticos de sus gobernantes que tienen una forma muy especial de concebir el poder y ejercerlo de acuerdo a sus intereses. También, están sometidos a poderes financieros nacionales e internacionales, comprometidos con la violencia o dependientes del poder militar, que con su reiterada presencia en todas partes de la administración pública ejercen presión a sus gobernados, sobre todo, a la oposición mediocre y débil.

Es el caso de México y su actual gobierno federal que encabeza el presidente AMLO. Sin importar medrar ante el dolor de millones de vidas que, ante una crisis sanitaria de la magnitud mundial que estamos viviendo con el Covid-19 lucran y partidizan políticas públicas, como, por ejemplo: las vacunas que salvan vidas. Está semana que termina, en sus ya clásicas y aburridas conferencias “mañaneras” sin rubor alguno anunció:

“Hay vacunas suficientes, en todos los estados con excepción de Guanajuato, las 31 entidades del país restantes tienen ya sus dosis, ya hay vacunas”. El arte de gestionar una nación sin venganzas o castigos para sus habitantes, que votaron en contra del partido del presidente que gobierna un país, no es moral ni mucho menos ético castigar con la vida de mexicanos que ideológicamente no coinciden con el mandatario.

Está manera de ejercer el poder y aplicar el “arte de gobernar”, más allá de una simple lógica ideológica de sistema de partidos, pone en tela de juicio una vez más la racionalidad del inhumano presidente de la república, que deja a la “cola” de vacunas a Guanajuato y sus habitantes. La administración, distribución y a la vez, la multiplicación del poder sustituyen al poder del pueblo, por la locura de un indolente gobernante que castiga y premia a quien quiere, cómo quiere.

Qué distante se percibe lo expresado por Aristóteles, en su obra “Ética nicomaquea” cuando señalaba que la ética desembocaba en la política. El filósofo griego da a entender que la política es una forma de mantener a la sociedad “ordenada” con normas y reglas para TODOS por igual, sin distinciones de ningún tipo, mucho menos con fobias o castigos para unos y premios, para otros.

Otro gran pensador y filósofo griego, Platón, estaba convencido de que no acabarían las desgracias humanas hasta que los filósofos ocuparan cargos públicos o hasta que los políticos se convirtieran en auténticos filósofos. Y es que la política es el arte de tomar el poder, de conservarlo y utilizarlo para el bien común de TODOS por igual. Pero parece que “alguien” ha incorporado otra acepción a esta palabra en el diccionario de los poderosos autoritarios, borrando así todos y cada uno de los pilares que sujetaban nuestra sociedad hasta hace poco. La consecuencia, es más y más corrupción.

¿No cree usted?

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