Alguien se ha preguntado, ¿cómo nos diagnostican los médicos? Cuando nos comunican que padecemos tal o cual enfermedad, ¿lo hacen porque tienen —por así decirlo— «los pelos de la burra en la mano»? ¿De qué fibras están compuestos dichos pelos?
Ciertamente, no de la causa real de la enfermedad. Es decir, el médico no tiene el virus, la bacteria, la alteración del órgano o la lesión en sus manos. No podría mostrárnosla si se lo pidiéramos. Lo que tiene es algo mucho más práctico: tiene conocimiento. El médico sabe que es posible diagnosticar una enfermedad cuando ciertos criterios se cumplen; ya sean síntomas narrados por el paciente, otros evidenciados por la exploración física, y si estos no son suficientes, puede solicitar estudios para apoyarse en el diagnóstico.
Ahora, ¿quién establece dichos criterios? ¡La ciencia! El médico obtiene su conocimiento de la investigación científica, que es la práctica en la que profesionales de la medicina, la biología, la química, y otras áreas afines, acuden —ellos sí— a las causas. Entonces pueden determinar que, bajo la presencia de cierta bacteria o virus, se presentan tal o cual síntoma. Para comprobar y validar sus investigaciones, revisan muestras significativas, y establecen sus descubrimientos y avances en publicaciones que luego son consultadas por los médicos a quienes acudimos cuando enfermamos.
Esta es la versión ideal de la ciencia llamada medicina. Sin embargo, hay un elemento que deliberadamente dejamos fuera de la ecuación porque ha enturbiado la práctica médica, especialmente, en la época en que vivimos: la medicación. El correlato inevitable, de todo diagnóstico, es el tratamiento. Y, en buena parte de los tratamientos médicos tendremos —los siempre costosos— medicamentos.
Hay un evidente conflicto de intereses cuando nos enteramos de que buena parte de las publicaciones científicas —sí, las mismas que dan validez a los tratamientos— son financiadas por empresas farmacéuticas. La ciencia, que debería siempre orientarse hacia la Verdad, se orienta en no pocas ocasiones hacia los intereses económicos de las grandes empresas de medicamentos.
Y, ¿quién vigila el comportamiento de estas empresas y la disrupción ética que generan en la medicina? Regularmente… nadie. Sin embargo, ha habido intentos como la Colaboración Cochrane, fundada por Iain Chalmers en 1993 en honor a Archie Cochrane. Un grupo de médicos independientes —sobre todo, ajenos a las farmacéuticas— que aplica un estudio riguroso y sistemático a las intervenciones en salud.
De entre esos médicos, vale la pena resaltar el caso de Peter Gøtzsche, médico danés que ha sobresalido por su rigor ético y su denuncia contra el uso de la mamografía, la vacuna del VPH y que —tema que nos interesa— ha denunciado los mitos con los que ha lucrado una de las farsas más grandes de la medicina: la psiquiatría.
De acuerdo a Gøtzsche, es una mentira que los padecimientos mentales se deban a desequilibrios químicos del cerebro —culpa a los medicamentos de crear ese desequilibrio—, los medicamentos psiquiátricos generan dependencia y, muy frecuentemente, síndromes de abstinencia que son confundidos con recaídas, los medicamentos son responsables de que, padecimientos mentales que serían transitorios y que se solucionarían de manera natural, se cronifiquen.
Así mismo, de acuerdo a un meta-análisis de más de 100,000 pacientes, los antidepresivos ponen a la población en mayor riesgo de suicidio que la depresión misma. Gøtzsche documentó que dichos medicamentos generan muchos efectos secundarios y que producen tanta adicción como una anfetamina. Niega rotundamente que las tasas depresión hayan aumentado. El verdadero cambio ha consistido en que se han hecho más laxos los criterios diagnósticos, ahora se medica más y los medicamentos dañan el cerebro volviendo crónica la depresión.
Gøtzsche puso el dedo en la llaga: la psiquiatría es una versión legal, sistematizada y aún más perversa que el narcotráfico. No sólo vende drogas que dañan el cuerpo, sino que asegura su mercado generando diagnósticos dudosos y dependencia en sus clientes. Si las cosas son como las plantea Gøtzsche, sus publicaciones han puesto en riesgo negocios multimillonarios. No es extraño entonces que —por un asunto relacionado con la vacuna del VPH— las farmacéuticas hayan logrado corromper a Cochrane.
A mediados de 2018, Peter Gøtzsche fue expulsado de dicha colaboración. A consecuencia de ello, cuatro miembros de la mesa directiva presentaron su renuncia. Evidencia de que esta expulsión es, más que otra cosa, un ajuste de cuentas, un atentado contra la Verdad y una muestra de que aún las más nobles iniciativas, se pueden corromper. También es una advertencia para todas las otras disciplinas —el arte incluido— sobre los riesgos de comprometer la Verdad a cambio de otros intereses como el dinero.
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