Los boleros que por décadas han dado brillo y lustre al calzado de hombres y mujeres en la Zona Centro, continúan sin dar y tener brillo, sin poder reactivar su forma de sustento y de sus familias.

Sus largas jornadas sentados en su silla y sosteniendo largas pláticas con sus clientes, mientras deslizaban el trapo de un lado a otro aún no vuelven.

Muchos de los clientes además de ir a bolear su calzado, disfrutaban sentados debajo de los verdes y frondosos árboles de la Zona Centro, de la lectura de un libro o del periódico.

Este sector así como todo el ambulantaje del corazón de la ciudad, siguen insistiendo a las autoridades municipales para que les permita retomar sus actividades.

Por lo pronto esos altos sillones lucen solitarios al igual que cada una de las bancas del Jardín Principal de la ciudad.

 

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