28 de septiembre de 2020

Me persigue constantemente aquel poema del pastor alemán Martin Niemöller -erróneamente atribuida a Bertolt Brecht- que reza «Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. / Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. / Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. / Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. / Luego vinieron por mí, pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada».

         El camino del psicoanálisis, inevitablemente, conduce al impasse, al encuentro con los propios límites. Si -como menciona Freud- se trata de una profesión imposible, ello implica, entre otras cuestiones, entender que no es una solución universal, que no todo puede analizarse y que no funciona para todos. Implica, también -y en última instancia-, renunciar al sueño aquel de cambiar al mundo -como un todo- y asumir que son solo algunos -pocos-mundos los que llegan a cambiar por efecto del análisis.

         El psicoanálisis, por tanto, se decanta por la singularidad; aquello que hace que cada caso sea distinto y que, a la manera de los agujeros negros -también singularidades, pero del espacio-tiempo-, hace colapsar las teorías que se proponen explicarlo todo. Es, por tanto -y hasta cierto punto-, incompatible con la labor pública y con la participación social pensada para las masas.

         Luego, entonces, ¿será que no existe cabida para el psicoanálisis en lo social? Hace unos días tuve la oportunidad de revivir esta interrogante -que no ha sido ajena, tampoco, a este espacio- en una videoconferencia, por demás interesante, en el marco de una conmemoración pública -el Día Mundial para la Prevención del Suicidio- donde fueron invitados ponentes de diversas formaciones y profesiones.

         En dicha conferencia, la ponente -una psicoanalista argentina-, presentó el caso de la señora C., quien estuvo internada por depresión en un hospital durante diez meses y que fue atendida por el psicoanalista Jean-Pierre Deffieux. La misma recibió atención multidisciplinaria y, al no tener efecto los antidepresivos, se exploraron otras alternativas, entre ellas, el psicoanálisis.

         El caso es complejo, pero quisiera destacar dos elementos: por un lado, la depresión se desencadena cuando pierde su trabajo -lo cual no es ajeno al conocimiento de la estadística o, para el caso, de las hipótesis que presentan las ciencias sociales-, y -en algo que toca el terreno de lo singular-  la señora C. tenía una relación de humillación constante de parte de su madre, quien llegó a proferirle frases como: «No eres capaz, no vas a llegar a nada».

         Cabe mencionar que, tal como Deffieux lo confiesa en su texto, su intervención no es propiamente un análisis, sino psicoanálisis aplicado en una institución. Este el punto central que quisiera destacar, porque su intervención no consiste en llevar a la señora C. a un consultorio y analizarla, ni tampoco en demeritar el trabajo del resto del equipo de salud, sino que se centra en una cuestión muy básica: escuchar. Y después, proponer dos intervenciones clínicas: favorecer la convivencia de la señora C. con sus excompañeras de trabajo y evitar que la mandaran -como proponía el resto del equipo- al cuidado de su madre.

         Sobra decir, que la señora C. tuvo suerte. Fortuna por haberse encontrado con el psicoanalista, y probablemente, también por encontrarse en una institución -y hasta quizá, un país- que no solo permitía, sino favorecía, la intervención del psicoanálisis. En cualquier otro país -incluyendo el nuestro-, es probable que la señora C. estaría hoy, tal como lo mandan las guías de práctica clínica, al cuidado de su grupo primario, léase, su madre.

         En países como Francia, Argentina, quizás Colombia, no se duda de la necesidad de incluir al psicoanálisis como una disciplina con la cual es necesario dialogar cuando se habla de salud mental, no solo en lo privado, sino también en lo público. Es conocida la participación de psicoanalistas en consultas populares en dichos países. Ahí los analistas llenan teatros, ganan premios culturales, es decir, tienen un papel fundamental para la sociedad. En estos contextos, tal vez esté justificado decir que un psicoanalista puede acudir a lo público cuando se le consulte. Seguramente, no faltarán ocasiones.

Pero me queda la duda de si en México -donde no sólo los espacios para el psicoanálisis son más reducidos, sino que impera un discurso hegemónico psiquiátrico-, bastará con esperar esa consulta. Tengo la intuición -porque, no es otra cosa- de que se requiere un papel más activo, de que no basta con esperar que el azar permita encuentros contingentes, con analistas. La falta de diálogo en los dispositivos de salud mental, provoca que muchas señoras C. terminen en manos de sus madres, lo cual es una metáfora para nombrar a los tratamientos farmacológicos innecesarios, fomentados, no por la ciencia, sino por los intereses económicos de las farmacéuticas -tal como lo ha denunciado Peter Gøtzsche- o las intervenciones iatrogénicas que se implementan como mecanismos de control social, entre otras.

Y la pregunta central es si está justificado saberlo, y seguir apostando a lo contingente. Porque tal como lo señaló Albert Einstein -en una frase cuyas resonancias morales habría que temperar- «el mundo no será destruido por quienes hacen el mal, sino por aquellos que los ven y no hacen nada».

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