Perdonarán el título en otro idioma, pero en la traducción —«Solo es solo, no vivo»— se pierde la aliteración que brinda armonía al verso de la canción «Being alive» que, en una de las escenas más dramáticas de la película «Historia de un matrimonio», nos canta Charlie Barber, personificado por Adam Driver. En ella, nos hace patente el dolor y la añoranza que acarrea la ruptura amorosa; y nos confronta con la idea de que, si bien en el amor se puede sufrir, ese sufrimiento nos acerca a la vida, mientras que la soledad nos aleja.
Luego está esa otra escena, en la que culmina toda la tensión que se va generando en el primer tramo de la película, en la que vemos a Charlie confesar sus deseos homicidas. «Todos los días —le dice a Nicole, personificada por Scarlett Johansson— me levanto y espero que estés muerta. Muerta como… si pudiera garantizar que Henry estará bien, desearía que tuvieras una enfermedad y luego fueras atropellada por un carro y murieras». La escena nos roba el aliento.
No lo hace —por cierto— porque nos escandalice, sino porque nos sorprendemos entendiendo ese deseo homicida. ¿Cómo no desear la muerte de quien, deliberada y sistemáticamente, nos hace daño? Y uno se sorprende, aún más, al considerar todos los progresos personales y culturales que han hecho falta para que un personaje, como Charlie Barber, no ceda ante tan atractivo anhelo. Es decir, ¡cuánta civilidad se requiere para contener la rabia y arrodillarse frente a quien nos está destrozando!
Nos hace pensar en aquella frase de Sigmund Freud: «todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra». Es, sin duda, tranquilizador pensar que Charlie no mata —ni roza siquiera— a Nicole debido al invaluable influjo de la educación y la cultura. La guerra, que bien pudo emprenderse a dentelladas y navajazos —como lamentablemente ocurre en muchos hogares de nuestro país—, discurre a través de los mecanismos legales provistos por la sociedad.
Nicole va a casa de quien la odia sin miedo. No teme que la maten o la violen; y ese simple hecho permite sortear el obstáculo de la violencia física —que polariza y etiqueta—, y llevar la reflexión un poco más allá, a un terreno donde se desdibujan agresores y víctimas, protagonistas y villanos. «Historia de un matrimonio» tiene ese gran acierto de mostrarnos que ese «algo» que no anda en el amor no obedece a la moral, ni a oposiciones binarias donde aparecen buenos y malos.
La historia de Charlie y Nicole nos toca a todos justo porque no muerde los anzuelos más fáciles —señalar culpables o abusar de la violencia— y nos confronta con algo mucho más universal: la diferencia de los sexos. Eso que Jacques Lacan describía como «la relación sexual no existe» y que hace referencia a que no hay proporción o complementariedad entre los sexos.
Es decir, no es algo propio de Charlie o de Nicole, no es que pudieran haber hecho algo distinto, o que en otras dos personas distintas se hubiera podido cumplir la historia de amor eterno, sino que hay un resto de inadecuación en toda relación amorosa; y ese resto impide que exista una relación natural —la media naranja— entre hombre y mujer.
Sigmund Freud, por su parte, se encontró con ese resto irreductible —roca base la llamó— en el análisis de sus pacientes, y lo describió como la «desautorización de la feminidad». Es decir, que ambos sexos se ubican en una relación particular con respecto a lo masculino —la mujer puede envidiarlo y el hombre puede resistirse a perderlo a toda costa— pero, en todo caso, lo femenino es desautorizado, o resta como un misterio —un «continente negro»— o, simplemente, no está inscrito en nuestro aparato psíquico.
Nicole no se puede resignar a asumir un papel secundario y sumiso en la relación, y Charlie es incapaz de ver más allá de su ego. Nicole no sabe lo que quiere, pero sabe que no quiere seguir siendo una sombra. Charlie sabe lo que quiere, pero no tiene las herramientas para retenerlo. Nicole inicia una competencia —en el terreno profesional y legal— con Charlie, y éste no es capaz de asumir la derrota. Es esta la tragedia de nuestra condición humana que, cuando no se puede afrontar, en muchas ocasiones conduce a la violencia.
No obstante, no todo el panorama es tan gris. Para afrontar esta falta de complementariedad, la sociedad tiene varios mecanismos como el matrimonio, que buscan, por sobre todo, dotar de seguridad —a través de un contrato— a lo que, estrictamente hablando, no la tiene. Pero también tiene otras vías. Lacan nos dejaba un mensaje esperanzador cuando dice que el encuentro entre los sexos «podría para nosotros presentarse de una manera conforme al presentimiento de Freud, a saber, realizable únicamente bajo la forma de la sublimación». Entiéndase, del arte.
