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Una vida entre ladrillos

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Los ladrilleros que trabajan en la zona de El Refugio tienen una vida difícil. Muchos de ellos se han dedicado a esa labor desde pequeños. Ese es su estilo de vida. Son mujeres, niños, jóvenes y adultos mayores. Estas son sus historias.

Las ladrilleras están compuestas por un amplio terregal. Por doquier hay montones de tabiques secándose al sol, lugares donde los trabajadores hacen la mezcla con los pies descalzos, y hornos donde emergen llamaradas de fuego. Desde que sale el sol, los ladrilleros comienzan su jornada. Algunos se dedican a realizar la mezcla, otros se enfocan en colocar y ordenar los ladrillos. Hay quienes, por su parte, suben los tabiques a los camiones.

El objetivo es claro: sacar el sustento diario. El millar de ladrillos, se los pagan, por lo general, a 600 pesos. Muchos de ellos no dejaron de trabajar durante la pandemia. Incluso, tienen que laborar en los días feriados para obtener suficiente dinero. “Es como en todo: si no trabajas, no ganas. Si no ganas, no comes, y no llevas la comida a la mesa” recuerda José Fernández Ruiz, ladrillero desde hace 20 años.

Uno de los cientos de ladrilleros es Jesús Castillo, quien relata su historia de vida:

“Vivimos a la buena de Dios. Tengo un buen rato dedicado a hacer ladrillos, como diez o quince años. Me empecé a dedicar a esto por la necesidad, por la falta de empleo. Uno tiene que ser el sostén, el bienestar de su familia. Antes de ser ladrillero era cargador. Aquí ganas dependiendo de cuanto trabajes. Aquí pagan a seiscientos el millar, pero es mucho el trabajo que se hace, mucho el esfuerzo. Hoy que es 21 de marzo vienen muchos niños a trabajar, porque no hubo clases, pero otros trabajan un rato para sacar el apoyo para su escuela. Durante la pandemia seguimos trabajando, no pudimos parar, porque si lo hacemos, no comemos. Sé que el humo les molesta a muchos vecinos, pero creo que lo que debería de molestarles sería la inseguridad. Aquí también padecemos eso: la gente se roba lo que quiere. Mis padres eran y son muy pobres, y yo empecé a ver la forma de ganar dinero y llevar el pan”.

El trabajo en las ladrilleras no distingue ni sexo, ni edad. Uno de los muchos obreros es Jesús Miguel, de 13 años de edad. Ha trabajado allí bastante tiempo. A la par de la elaboración de ladrillos, también se dedica a estudiar la escuela secundaria.

“Empiezo a trabajar primero haciendo la mezcla, luego los tabiques. Aquí nomás le doy la vuelta al lodo, y luego otros ya lo ponen. Cuando se seca, le cortan las orillitas. Puedo ganar hasta 500, todo depende de lo que yo quiera ganar”.

Así es la vida en las ladrilleras de El Refugio, haciendo ladrillos entre horno y horno, de sol a sol.

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