Defensores de Churubusco.
20 de agosto, 1847
Churubusco era un lugar de casas de adobe donde la única edificación que dominaba el lugar era un convento, un lugar de poca importancia para México, y como si se tratase de un mal chiste, estaba por ganarse un lugar en la historia. Sería ahí, en medio de la nada y cubiertos de mierda hasta el cuello, donde debíamos detener al ejército estadounidense, malditos yankees.
Llevábamos meses tratando inútilmente de combatir; cada miserable sitio donde pretendimos hacer frente a los invasores se convertía en un matadero, donde mexicanos y yankees encontraban su tumba, nada detenía la ambición de nuestro simpático vecino del norte. Estados Unidos ambicionaba nuestro territorio y decidió tomarlo a sangre y fuego.
Se nos dio orden de guardar silencio, los pasos del enemigo fueron en aumento, gobernando aquel lugar con sonido marcial. La orden era no abrir fuego hasta que tuviésemos al enemigo a tiro certero, les esperamos sintiendo que nuestros corazones latían al unísono y que cualquiera era capaz de escucharlos. Con la emoción del momento me he olvidado de quién dio la orden -¡Fuego!
La descarga rompió la fila enemiga, no iba a ser tan fácil entregarnos al destino que conocíamos de sobra. Fue entonces cuando un intercambio de artillería y fusilería empezó. Los yankees corrían como perros hacia nosotros, nosotros nos tragamos el miedo que sentíamos subir, desde los pies a la cabeza.
La batalla se prolongó por horas, los Yankees se habían tragado la seguridad y el orgullo, estupefactos se daban cuenta que no era tan fácil entrar al convento y nosotros nos dábamos cuenta de que nuestra suerte se estaba terminando. Nos la habíamos pasado quemando parque con una felicidad tan endemoniada, que pronto este escaseó, fue entonces cuando la desesperación se apoderó de todos, el solo recordarlo me hace estremecerme, desesperados intentamos cargar los fusiles con piedras, viendo impotentes cómo el enemigo reanudaba la marcha.
-General. Se requiere más parque- dijo un oficial al general Rincón que resguarda el interior del convento y que no ha dejado de recibir malas noticias -¡general!
-¡Es que no lo hay!- gritó furioso dando un golpe sobre la mesa en que se había formado la defensa del convento –no tenemos parque- el general Rincón se sorbió una lágrima de soldado, tantas horas de batalla, tanto esfuerzo entregado, demostrando que se podía vencer, y al final, acababa así.
Nos refugiamos en el interior del convento, dentro tenemos tiempo de respirar y de vernos las caras. Agotados, cubiertos de pólvora quemada, con heridas que evidenciaban que a nadie le faltó valor, a puerta cerrada escuchamos que los yankees continuaban disparando, pero ya no había quién devolviera el ataque.
Cuando por fin gobernó el silencio, una compacta compañía americana se acercó al convento. Los hombres en el interior nos recargamos contra los muros o formamos pequeños grupos a la espera de entregar la espada, símbolo necesario para rendir una plaza y que debía de ser un gozo para los yankees.
Cuando por fin entró el general David E. Twiggs a reclamar la victoria, habló con el general Anaya, en una mezcla de inglés y español, -Well General, serán tomados como prisioneros y deberán de entregar el parque- a lo que el general Anaya, conteniendo su ira tras una mueca resignada, le respondió.
-Si hubiese parque, no estuviese usted aquí- su voz se partió y todos guardamos silencio. Luchamos con valor y de nada nos había valido, la Ciudad de México se encontraba perdida.
