Me enteré de que la película existía cuando, al revisar las críticas sobre la película «Julieta» de Pedro Almodóvar supe que, inicialmente, planeaba llamarla «Silencio» pero que no quería intervenir con el título de la obra de Martin Scorsese. Entonces me enteré que esta última había estado en desarrollo por cerca de veinte años y que era uno de los grandes anhelos —la película para cuya filmación nació— del director italo-americano.

         «Silencio» retrata la odisea de dos padres jesuitas que, en el siglo XVII, acuden a Japón para rescatar al último de los sacerdotes jesuitas sobrevivientes en esa tierra donde el catolicismo había sido prohibido y perseguido. Rodrigues y Garupe arriesgan su vida, no sólo para lograr el rescate sino para, ellos mismos, transmitir «la verdad» de la Iglesia a los japoneses.

Uno pensaría que una película con ese tipo de presentación y  que lleva tanto tiempo en desarrollo —enriqueciéndose en el proceso y aprovechando los avances de la tecnología— terminará siendo algo espectacular. Sin embargo, al menos en este caso, las expectativas no se cumplieron. No sólo en mi opinión, sino en la de los críticos que la han castigado en internet y, en los premios de la Academia, donde sólo consiguió una nominación a mejor fotografía por parte del mexicano Rodrigo Prieto.

La crítica principal tiene que ver con la extensión de la película. Se trata de un largometraje de más de dos horas y media. Ahora bien, en sobradas ocasiones hemos visto y disfrutado películas de esta —o incluso mayor— extensión, con todo, en este caso la extensión no parece estar justificada. Hay escenas con diferentes escenarios y diálogos pero con las mismas temáticas. En ciertos puntos la película parece perderse al plantearnos, una y otra vez, el catálogo ampliado de cada uno de los impasses que existían en la relación entre católicos y japoneses.

Sin embargo, más allá de esta crítica —que bien se podría solucionar con un laborioso trabajo de edición—, la película transmite un mensaje poderoso. No sólo el más evidente —«la fe puede sobrevivir a cualquier cosa»— sino, a mi modo de verlo, «Silencio» es un elogio del amor. Tal vez el tema de la película es estrictamente religioso pero el mensaje trasciende la religiosidad pues la exigencia del acto de amor de Rodrigues, finalmente, es la misma que la de cualquier otro acto de amor.

El encuentro entre jesuitas y japoneses no es diferente al de otros seres humanos. Al inicio de una relación, por ejemplo, no es extraño que los miembros de la pareja piensen «él es así pero ya cambiará por mí» o «poco a poco la voy a ir enseñando». El deseo de apropiación de una pareja es también un intento de colonización, de imposición de «verdades» al otro. Lo cierto es que, mientras más nos centramos en hacer que el otro piense como nosotros, menos lo amamos. Eso sin tomar en cuenta que, muy difícilmente, las personas cambiamos. «Las montañas y los ríos se pueden mover, pero la naturaleza humana no».

La frase de Jacques Lacan —psicoanalista francés—  «amar es dar lo que no se tiene» cobra aquí todo su valor. Es decir, si nos mantenemos en el terreno de transmitir una verdad o dar sólo lo que conocemos, no estamos amando; sólo estamos amándonos a nosotros mismos. «Dar lo que no se tiene» implica romper nuestros propios ideales, renunciar a nuestras satisfacciones, dejar de buscar el reconocimiento.

Rodrigues es confrontado en cierto momento de la película con el dilema: ¿deberá continuar con su tarea de evangelización aunque ello le cueste la vida a los fieles, o deberá apostatar para salvarlos? En el primer caso, Rodrigues se ama a sí mismo, lo que quiere demostrar es que su verdad es la correcta; en el segundo, Rodrigues ama a los fieles y es capaz de renunciar a Dios. Esa es la exigencia de todo acto de amor. ¿Estamos realmente dispuestos a amar al otro o sólo queremos gozar a través de él?

Es muy fácil amar a alguien cuando ese amor no nos implica ninguna renuncia ni ningún compromiso. Empero, valdría la pena que nos preguntáramos si estaríamos dispuestos a seguir amando a ese alguien si el hacerlo nos costara renunciar a lo que más valoramos o, incluso, a lo que nos da identidad. He ahí el mensaje conmovedor de la película «Silencio». Hubiera sido genial que, en este caso, las formas se hubieran mantenido a la altura del contenido.

Teléfono para atención: 4771310142

Agradeceré sus comentarios en: [email protected]

Archivo de los artículos en: http://elblogdepsicoanalisarte.blogspot.mx

ESCRIBE UN COMENTARIO