
La Iglesia católica advirtió que todo progreso puede causar daño cuando no está orientado hacia el bien, por lo que hizo un llamado a regular la Inteligencia Artificial (IA).
«Necesitamos reglas que permitan innovar y, al mismo tiempo, coloquen en el centro la dignidad humana. El verdadero progreso no puede medirse solo por aquello que una tecnología es capaz de hacer, también debe preguntarse a quién sirve, qué protege y qué clase de sociedad ayuda a construir», se cuestionó en su editorial Desde la Fe.
«Mientras buscamos construir máquinas cada vez más capaces, debemos asegurarnos de no entregarles nuestra capacidad de discernir, asumir responsabilidades y decidir nuestro futuro. La Inteligencia Artificial necesita límites, y esos límites no pueden decidirlos las máquinas», demandó.
Señaló que regular la Inteligencia Artificial significa responder preguntas como: «¿qué decisiones nunca deberían quedar exclusivamente en manos de un algoritmo?, ¿Quién responde cuando un sistema provoca un daño?, ¿Cómo protegemos la privacidad y los datos personales?, ¿Qué hacemos frente a los riesgos para el trabajo, los derechos de autor, la verdad o la seguridad?, ¿Cómo garantizamos que las personas más vulnerables no sean las primeras perjudicadas por estas tecnologías?».
«Estas preguntas coinciden con la preocupación de Magnifica Humanitas de que, cuando la IA interviene en decisiones que afectan el trabajo, la reputación, el acceso a servicios o los derechos de las personas, deja de ser un asunto técnico».
Indicó que la propuesta es hablar menos de hasta dónde puede llegar la Inteligencia Artificial, y hablar más de quién debe ponerle límites y con qué criterios.
«León XIV propone que sea posible identificar quién diseñó un sistema, quién lo utilizó, quién decidió confiarle una determinada tarea y, llegado el caso, quién debe rendir cuentas, corregir errores y reparar los daños causados. La responsabilidad humana no puede desaparecer detrás de un algoritmo (Magnifica Humanitas, 105)», añadió.
Señaló que México tiene, por tanto, la oportunidad de construir una regulación que no nazca del miedo a la tecnología, pero tampoco de una confianza ingenua en ella.