La enfermedad más infecciosa que han enfrentado los capitalinos en la historia reciente, el Covid-19, interrumpió la más importante fiesta tradicional de los habitantes de esta ciudad, el Día de la Cueva, que en más de 4 siglos de existencia jamás se había suspendido.

A diferencia de los cientos de años anteriores, la mañana de este viernes 31 los guanajuatenses no se levantaron temprano para hacer todos los preparativos y ser parte del más grande e importante festejo, que con su sola presencia se ha transformado en una tradición.

Las calles de la ciudad lucieron tranquilas y sin el conocido ir y venir de miles de personas que se apresuraban para llegar hasta el Cerro del Hormiguero y luego iniciar el ascenso al Cerro de los Picachos, ubicado a unos 2 mil 450 metros sobre nivel del mar.

Los camiones del transporte urbano tampoco realizaron los tradicionales viajes especiales, que en otros años partían desde la zona centro, pasando por la presa de la Olla hasta llegar a la zona del Hormiguero.

Las personas permanecieron en sus casas, como es ya una costumbre desde el pasado 17 de marzo de este año, que las autoridades estatales de salud determinaron el inicio de la contingencia sanitaria provocada por el Covid-19.

Este año, tampoco las amas de casa y madres de familia prepararon la comida en casa para luego buscar la apacible sombra de un árbol en las cercanías del Cerro de la Bufa y comer juntos en familia, mientras la naturaleza los cobijaba y les recordaba su importancia en la vida de los seres humanos.

El bullicio y el constante movimiento de personas, productos y mercancías que hace especial esta fecha, también tuvieron que esperar para mejor ocasión, mientras los cerros cercanos a la Bufa, desde lejos lucían un implacable y atractivo color verde, que invitaba a visitarlos.

En las faldas del Cerro de la Bufa no hubo esta vez los cientos de puestos de comida, bebidas, recuerdos y demás objetos que se ofrecen a los miles de paseantes y la falta de personas fue más notoria que nunca.

En el acceso principal a este espacio natural, que sigue sin ser protegido ya sea con una declaratoria para que se convierta en Área Natural Protegida (ANP) o Zona de Reserva Ecológica, la policía preventiva montó filtros y puestos de control para evitar el acceso de las personas.

El picacho mayor tampoco fue visitado por miles de personas, que al estar en una altitud superior a los 2 mil 400 metros deja ver una imagen de la ciudad de Guanajuato, como la plasmó el poeta Agustín Lanuza, al señalar que, desde este lugar, los hogares de los guanajuatenses parecen “pichoneras”.

Con ello se suspende una tradición, que, de acuerdo con el cronista de la ciudad, Eduardo Vidaurri Arechiga tiene su origen en el año 1, 604 y que se mantiene vigente gracias a la gente que participa en ella y que el paso de los años la ha transformado en una tradición, con su sola presencia.

“No hay registro en esta larga historia de que se haya suspendido la fiesta en alguna ocasión por causas atribuibles a una enfermedad u otra razón. Esto también es histórico” dijo.

ESCRIBE UN COMENTARIO