Antes de entrar al tema que nos ocupa, una sentida felicitación y los mejores deseos a todas y a todos los amables lectores y sus familias en este Año Nuevo, esperando, de todo corazón, que la salud, el trabajo, la paz y armonía estén presentes en sus hogares hoy y siempre. Ya de vuelta a la cotidianidad, retomo mis colaboraciones semanales, con el propósito de seguir compartiendo con todos ustedes el acontecer político, social y económico de nuestro querido país.

Cómo ha quedado de manifiesto durante las fiestas decembrinas, la nación continúa en un total caos político derivado de la pésima conducción del gobierno federal y la nula posibilidad de que México pueda transitar por el camino de la paz y estabilidad social que millones anhelamos para vivir con dignidad. La clase política, en su conjunto, vive momentos de clara descomposición privando, como siempre, el interés personal por encima del pueblo.

Y el pueblo, sumido en la apatía total demostrando un desinterés y vale madrismo enfermizo de los temas públicos que aquejan a la sociedad en su conjunto, dan carta ancha al gobierno para hacer y deshacer como le venga en gana. La oposición política sumida en sus ya clásicas luchas internas, para ocupar espacios en sus propias nomenclaturas internas.

El crimen organizado, asentado como un verdadero poder alterno en todos los rincones del país, haciendo de México un territorio ingobernable y en llamas permanentes sin que la autoridad federal haga algo, al contrario, los criminales saben que cuentan con la tolerancia de la política pública del gobierno de “abrazos, no balazos”. No existe una sola entidad federativa que no viva en vilo las consecuencias del narco-estado mexicano.

Mientras tanto, los gobiernos estatales y municipales, de rodillas ante los distintos carteles que “gobiernan” e imponen su voluntad en estados y municipios, se han convertido en simples contabilizadores de crímenes atroces derivado del ajuste de cuentas y que acuden a la escena del crimen a mirar la escena y aislar con la famosa cinta amarilla el lugar de los hechos. La sociedad en silencio, ante la imposibilidad y nula respuesta de las autoridades municipales, estatales y federales.

Los muertos crecen y crecen sin parar, mientras México se encuentra en llamas por la incapacidad probada de las autoridades federales y la dependencia política y administrativa de los gobernadores y presidentes municipales, que han encontrado en la disculpa pública y en la ya clásica declaración “de que la inseguridad pública derivada de la actuación del crimen organizado, es responsabilidad de la instancia federal y no de los gobiernos locales”.
Y como “cereza del pastel” para despedir el año pasado y dar la bienvenida al Año Nuevo, la novedosa variante Ómicrón que acecha y amenaza a la humanidad entera y a toda la sociedad mexicana en su conjunto, donde nuevamente el gobierno federal se dedica a administrar los enfermos y muertos derivados del Covid-19, sin aplicar medidas preventivas serias.

Es hora de que la sociedad mexicana despierte, ya no hay tiempo y el “hubiera” no existe. El suicidio social está a la vista de todos, tenemos que cambiar a la clase política toda en su conjunto y forzar nuevos liderazgos, nuevas caras, nuevos pensamientos políticos, nuevas opciones que ayuden a sacar a México de las llamas.
¿No cree usted?

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