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La obra El Inspector en el Teatro Bicentenario

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Una buena adaptación de la obra «El inspector » de Nikolái Gógol fue interpretada por talento leonés en en teatro estudio del Teatro del Bicentenario; David Olguín, hizo que el clásico del autor ruso se adaptara al humor mexicano sin llegar a los extremos.

Crítica social y política, además de una palpable alusión a la corrupción, estuvieron presentes de manera sutil en la puesta en escena resultado del taller de formación teatral del Teatro del Bicentenario en colaboración con Teatro el Milagro, una muestra de cómo funciona el sistema en cualquier país.
El buen trabajo escenográfico de la obra, fue de gran calidad y se notó desde un inicio, la función comenzó con la incorporación del actor Juan García como Anton Antónovich al escenario, varias sillas de madera y una pared de metal oxidado eran la imagen inicial de lo que estaba por suceder, una caótica y confusa situación cuyo desenlace fue inesperado.

Un alcalde preocupado por la visita de un inspector que llegaría la provincia para asegurar de que todo marchara en orden, alertó a los encargados de los distintos encargados de los cargos públicos, creando una histeria que los llevaría a encubrir malos manejos de presupuestos, los sobornos de la gente para que pasaran por alto los desperfectos, entre otras cosas se pusieron la descubierto.

La actuación de cada uno de los actores fue bastante bueno, lograron transmitir la personalidad de cada protagonista de la obra, esos aspectos de nerviosismo, mentiras, conveniencia y demás, hicieron entrañable la puesta en escena. Cabe destacar que cada actor interpretó a más de un personaje.

Hubo algunos momentos en los que varias frases arrancaron risas del público, dicen que: “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”, por ejemplo cuando en el argumento se dice que en las obras públicas se nota el trabajo de cualquier administración, o también cuando uno de los personajes dice que todos tienen “pecadillos”.

A pesar de ser una obra extensa, los diálogos y trabajo escénico, fueron conjugados de tal manera que las poco más de dos horas, no fueran pesadas.

Entre la confusión de los provincianos y la astucia del charlatán que aprovecha la situación, el cierre de la obra se torna caótico cuando la situación podría llegar a saberse más allá del pequeño lugar, ya que toda la información se haría llegar a la prensa.

La puesta en escena cumplió al público que respondió de buena forma a las tres funciones que ofreció el Teatro del Bicentenario durante el fin de semana.

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