Mi señora Leona Vicario, estaba muriendo. Sus hijas le rodeaban y su esposo, don Andrés Quintana Roo, intentaba no irse con ella. Mi señora había sobrevivido a mucho, incluso a la búsqueda incesante de los realistas durante la guerra de independencia. Le habían arrestado, fue acusada de traición y de dar armas e información a los rebeldes. Le llevaron al colegio de Belén, no les duró el gusto, unos insurgentes le rescataron y la escondieron en la ciudad de México.
Mientras permaneció escondida, le llegaban noticias de que andaban arrestando a sus conocidos para interrogarles y como siempre, los rumores se aumentaron, unos decían que los insurgentes habían mandado a 500 hombres para salvarle. Y ni quien se imaginara como se iba a escapar mi señora de los españoles.
Figúrese que un grupo de arrieros salieron de la ciudad, llevaban sus burros cargados de frutas y pulque, ayudados por una negra que vestía harapos con el cabello sucio, ¡esa era mi señora! los soldados realistas ni cuenta se dieron que se les fue en sus propias narices. Fue así como la señora se digirió al campamento del mismísimo general Morelos en Oaxaca y donde tuvo su reencuentro con don Andrés, puedo imaginármelos, mordiéndose los labios de impaciencia y al verse, se fueron el uno contra el otro para abrazarse, jurándose amores y futuro.
En medio de la guerra, la intriga y el miedo, se casó con don Andrés. Pero la vida calmada del matrimonio no era para ella, ni era posible, se dedicó a dar apoyo a la insurgencia en los periódicos insurgentes.
Constantemente, la sombra de la desgracia y la muerte le perseguían, comían alimentos sin sal y hubo días que no probaron alimento. Escuchaban las marchas enemigas y las derrotas aliadas, eso les llenaba de terror, pero la señora Vicario no se arrepentía del camino que había elegido, y lo peor estaba por venir.
El general Morelos fue fusilado en 1815, ese fue un golpe a la moral insurgente y las deserciones, los indultos y las muertes de los líderes se dieron en masa. La señora Vicario y don Quintana Roo, vieron cómo el ejército insurgente se convertía en pequeños grupos perseguidos por los realistas. En 1817, se mantenían huyendo y la hija de la señora, tuvo que llegar al mundo en el interior de una cueva.
Después de años de andar en fuga, encontraron un lugar para esconderse, un rancho llamado Tlacocuspan, donde esperaban no ser encontrados, la suerte tenía otros planes.
A oídos realistas llegaron rumores de que ahí se escondían, les llegaron de sorpresa, la señora no consiguió escapar y le llevaron presa. Don Andrés enloqueció, su amor pudo más que la fe en el movimiento de independencia. Escribió una carta al virrey, estaba dispuesto a colaborar con los españoles, a traicionar a sus compañeros a cambio de la seguridad de Leona y de su hija. Los realistas aceptaron y fueron perdonados y mandados a Toluca para enfrentar una vida de miseria, siendo observadores de los últimos años de lucha.
Tiempo después, cuando Iturbide cambió de bando y se descubrió insurgente, se les permitió volver a la Ciudad de México y la señora Vicario exigió que sus bienes, embargados por la corona española, le fuesen devueltos. México se encontraba empobrecido, así que a cambio de sus servicios a la patria, le dieron la Hacienda de Ocotepec, donde criaría a sus tres hijos, y desde donde mantendría su mente ocupada en el periódico que ella misma patrocinaba ‘El Federalista’.
Mi señora Vicario exhaló su último aliento, sus hijos se volcaron encima de ella, don Andrés se cubrió la boca callando un gemido de dolor. Murió la mujer que lo dio todo por su patria, que jamás bajó la cabeza ante nadie, México perdió a la mujer fuerte de la independencia.
uncapituloenmexico@gmail.com
