Ha tenido que pasar lo que sucedió, con la trágica muerte de los dos sacerdotes jesuitas para que se conmocionara la Iglesia católica del mundo y que los ojos del universo, voltearan a ver al moribundo México, que día a día se desangra más y más. No han importado las masacres de familias enteras, que todos los días mueren a manos del crimen organizado. No han importado los cientos de miles de descuartizados que cada semana forman parte del urbanismo mexicano. No han importado los cientos de feminicidios que suman y suman sin parar en este gobierno.

Al fin y al cabo, crimen organizado hay en todo el mundo. Da lo mismo países ricos o pobres, las mafias que acompañan la muerte, están presentes en todo el mundo. Qué decir, del narcotráfico que asfixia un día sí y otro también, a toda clase de seres humanos, con la frágil escusa gubernamental de terminar con el consumo de la droga, que destruye y mata a miles de personas en el planeta, todos los días. La indiferencia e indolencia de todos, absolutamente todos los humanos, nos han llevado a la apatía social de países enteros y poderes constituidos de toda clase.

En México, nos preguntamos a diario, que más tiene que suceder para tocar fondo y que la barbarie que gobierna hoy en día el país, termine de una vez por todas, para recuperar la paz social y aquella tranquilidad que por generaciones disfrutamos millones de mexicanos, vuelva a ser disfrutada por las actuales familias. Hemos visto y vivido distintos partidos políticos en el poder, incapaces de recuperar la paz y tranquilidad en las calles, hasta el grado de llegar a lo que hoy tenemos, el peor gobierno de todos los tiempos aliado públicamente con el crimen organizado, con los resultados desastrosos en materia de seguridad y la peor ola de inseguridad jamás antes vista.

La Iglesia católica ha demostrado a lo largo de su historia ser ese gran factor real de poder en la sociedad, dispuesta a dar respuestas a los problemas sociales, culturales, económicos y políticos que ha vivido la humanidad, con el objetivo de promover la transformación de la realidad en una comunidad más justa, solidaria y fraterna, mediante el respeto a la dignidad de la persona humana, a los derechos y deberes humanos y sobre todo, a los derechos de los pueblos, visto todo esto desde el ámbito antropológico, filosófico, cultural, jurídico y fundamentalmente teológico.

Ya sabemos que para algunos, la Iglesia católica es vista como un problema, una institución caduca, ajena a los nuevos tiempos que vive la humanidad. Para personas como AMLO, ven en la Iglesia y sus representantes, “hipocresía” y conveniencias de acuerdo a las circunstancias y el beneficio de la alta curia mexicana. Acusando a la Iglesia de no hacer nada respecto a lo mismo que hoy vivimos en México, en materia de inseguridad, situación a todas luces falsa y mentiroso, como acostumbra siempre a mentir y engañar al pueblo.

Lo ha señalado el Papa Francisco: “La búsqueda de la paz, es un trabajo siempre abierto, una tarea que exige el compromiso de todos”. Y hoy más que nunca, nos corresponde a los ciudadanos, a los católicos y a todos aquellos mexicanos de buena voluntad, luchar desde cada una de nuestras trincheras por recuperar lo que nos ha arrebatado el gobierno, de la mano del crimen organizado: la paz y tranquilidad. La jornada de oración por la paz, inicia mañana domingo en todas las iglesias y capillas de nuestro país.

Con frecuencia escuchamos que el Estado es laico y que lo religioso no debe influir en asuntos de Estado o en las políticas públicas. Lo cierto es que la Iglesia es una institución pública cuya participación política es inevitable, porque su presencia es un hecho, además, es consecuencia de su propia naturaleza. Somos un pueblo católico con más de 90 millones de personas que profesamos la fe católica y el llamado de la Iglesia de mañana domingo, será histórico.
¿No cree usted?

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