Cánticos de Las Posadas
La lengua latina posee un extraño hechizo, un ímpetu inextinguible que le impide perecer; pues además de vivir en los libros perennes de los clásicos en su modalidad escrita, sobrevive también su estructura sonora en el canto gregoriano, la música sacra (oratorio, misa, réquiem, etc.), en la liturgia…y en Las Posadas mexicanas. El latín, aunque sea mínimo y elemental, se sigue cantando en nuestro país. Esta tradición decembrina fomenta y conserva consciente o inconscientemente los cánticos latinos que a través de los siglos no han dejado de entonarse. ¿Cuál es la razón, causa o explicación de que la lengua de Roma se resista a fenecer del todo? Posiblemente la respuesta haya sido dada ya en el siglo XIX por Chateaubriand cuando escribió en su libro “El genio del cristianismo” que “una lengua antigua y misteriosa que no cambia con los siglos, se adapta muy bien al culto del Ser eterno, incomprensible e inmutable”.
Y tanto se adaptó el latín “al culto del Ser supremo” que olvidamos con frecuencia que La Biblia fue redactada originalmente en hebreo, arameo y griego; lo que pretendo enfatizar es que San Jerónimo logró convencernos en su famosa traducción -conocida como La Vulgata- de que el latín fue la lengua bíblica primigenia, el “fiat lux” (hágase la luz) de las lenguas antiguas, como podemos leer en el libro del Génesis. Podemos coincidir o discrepar de la opinión del romántico francés, pero nadie podrá negar esa profundidad en la intuición y la belleza de su estilo; considero además que su apologética no es errática, por eso lo cito, porque considero que hay mayor misticismo al decir “per saecula saeculorum”, y que dicho misticismo merma (o tal vez se pierde) al traducir “por los siglos de los siglos”, por poner un ejemplo. No puedo imaginarme el “Ora pro nobis” o el “Agnus Dei qui tollis pecata mundi” cantados en español (en latín la frase es más concisa, más breve); por supuesto, en el rosario todo está vertido al español, pero los rezos al ser tan monótonos no tienen la sublimidad del canto, cuya emotividad desgarra no pocas veces la voz y el alma. Que yo sepa, a nadie se la ha ocurrido traducir las letanías al español con la finalidad de ser cantadas en Las Posadas, y qué bueno.
En realidad importa poco si se pronuncia con o sin corrección el latín al ser cantado; por ejemplo, he escuchado que la palabra “Agnus” (que significa cordero) es pronunciada como se lee en español, y no “añus” como se decía en latín; lo relevante es la permanencia del canto, la continuidad de la tradición. La gran ventaja que tenemos los hispanohablantes estriba en hablar una lengua neolatina, la gran mayoría del vocabulario es familiar a nuestra lengua materna. Pero más allá de sentir la emoción de cantar en latín, está el revivir la transfiguración de los versículos en diáfana poesía coral, en la cual se narra el desamparo de los peregrinos en las gélidas noches de Belén, en la víspera de la Natividad.
Fuentes de la Natividad
Otra manera de celebrar el nacimiento de Cristo es leyendo las fuentes primigenias de las cuales ha emanado, y en las cuales se sustenta, la tradición. Los documentos originales donde se revela el nacimiento de Jesús son los cuatro Evangelios, que llegaron hasta nosotros en su versión griega. Hubo una primera redacción aramea, desde los albores del cristianismo perdida, que se conoce como Peshita, pero durante el siglo I de nuestra era la lengua oficial del imperio romano en oriente era el griego en su modalidad koiné (común, hoy diríamos estándar, internacionalizada), la cual fue lingua franca del mundo mediterráneo oriental. Si bien el gran artífice de la romanización del cristianismo fue san Jerónimo, al traducir íntegra la Biblia, directamente de las tres lenguas en que está compuesta: hebreo, arameo y griego. Tan bien hizo esta magna obra de la traducción, que durante mil quinientos años La Vulgata fue la nueva fuente original de las Escrituras Sacras.
Durante el milenio que duró la Edad Media el griego fue casi olvidado, arrinconado en los monasterios y leído sólo por los clérigos y príncipes; cuando los monjes se encontraban ante un manuscrito griego solían decir: “Greca sunt non leyenda” (está en griego, no es legible). Lo relevante es que durante toda la cristiandad medieval el latín fue el vehículo universal de la cultura, la lengua culta por antonomasia, y el Novum Testamentum latinizado la guía espiritual de la humanidad occidental, hasta principios del siglo XX. Si bien a raíz de la Reforma, cuya gran revolución estribó precisamente en traducir La Vulgata a las lenguas vulgares, en desacralizar al latín, lo cual representó una vuelta al griego, a los Evangelion (Buena nueva), a la fuente primigenia de la cristiandad. En Bizancio nunca ocurrió esa ruptura, ni aún después de 1453, fecha de la caída de Constantinopla. El imperio romano de lengua griega, es decir, el imperio bizantino, conservó durante toda la Edad Media latina los textos evangélicos y los transmitió después de la invasión de los turcos a la Italia renacentista, la cual comienza su retorno a los orígenes helénicos por el contacto con grandes maestros bizantinos que emigran a las ciudades-estado italianas e impulsaron el Renacimiento de la antigüedad. Surge asimismo, la exégesis bíblica vetero y neotestemtaria, la cual desembocó en el “Jesús histórico”, del cual hablan Tácito en sus “Anales”; Suetonio en su “Vida de los doce Césares”; Plinio el joven en sus “Epístolas al emperador Trajano” y Flavio Josefo en “La guerra de los judíos”. A raíz del Renacimiento se redescubrió que los autores clásicos latinos dejaron testimonio involuntario de la existencia de Jesús, de su Pasión y muerte a manos del poder imperial romano.
Entre los eruditos aticistas o clasicistas, los Evangelios al haber sido escritos en koiné no poseen mayores virtudes literarias, sin embargo, poseen bellezas descriptivas y ricas en metáforas y alegorías, amén de las parábolas y sermones. No es el griego dorado de Platón o Aristóteles, hay que tener en cuenta que los Evangelios son una traducción de un original arameo que se perdió. Además, dependiendo del evangelista, cambia el nivel socio-cultural, o nacional a quien van dirigidos, por ejemplo Marcos escribe para los judíos, Juan para los místicos y Lucas para los gentiles. Cada uno tiene su propio estilo y va dirigido a un público específico. No soslayemos los Evangelios apócrifos (ocultos), llamados así no por ser falsos, sino por haber quedado fuera del canon de la iglesia a comienzos de la era cristiana. En los Evangelios podemos conocer la lengua viva de una gran época, no sólo de un pueblo, pues servía de instrumento de comunicación a diversos pueblos. No la lengua petrificada de quienes, después de los siglos de oro del periodo ático, seguían imitando servilmente un modelo lingüístico anacrónico. Con las traducciones de La Vulgata a las lenguas romances, en nuestro caso particular, al español, labor que se inició desde la Edad Media con Alfonso X el sabio, pero quedaba inconclusa, hasta que Casiodoro de Reyna concluye la primera traducción completa de la biblia a nuestra lengua materna, trasladada directamente de las tres lenguas sagradas. Para los lectores interesados en este apasionante tema de las fuentes originales, pueden consultar la “Historia de la tradición sinóptica” del teólogo alemán Rudolf Bultmann, así como la mejor “Historia del cristianismo” redactada en nuestra lengua materna, la cual fue editada por la Universidad de Granada (España) y coordinada por Manuel Sotomayor el año 2003. Los Evangelios son poéticos por definición, compuestos en una de las lenguas más bellas -dotada de inagotable espiritualidad- que ha conocido el mundo en todas las épocas. En español podemos leer magistrales traducciones que transmiten el espíritu judeo-helénico de los originales.



