En la noche del 8 y 9 de agosto de 1968, Charles Watson, Susan Atkins, Patricia Krenwinkel y Linda Kasabian, integrantes de la llamada familia Manson, asesinaron brutalmente a 5 personas en el domicilio de Roman Polansky, en Beverly Hills, entre ellas a la esposa del cineasta, la actriz Sharon Tate, quien tenía casi 9 nueves de embarazo.
La quinta víctima fue ultimada por los dementes afuera de la residencia cuando huían del lugar. La noche siguiente, el mismo Charles Manson llegó con Watson, Krenwinkel y Leslie van Houten a la casa de Leno y Rosemary LaBianca. Manson maniató a la pareja y ordenó a los demás que los mataran.
Meses después todos los implicados fueron detenidos. Charles Manson fue juzgado como autor intelectual de los crímenes y en 1971 fue condenado a muerte, pena que sería conmutada por cadena perpetua en 1972. Manson falleció en la cárcel en 2017 por causas naturales a la edad de 83 años.
Tal es el tema de “Érase una vez en Hollywood”, última película de Quentin Tarantino, protagonizada por Brad Pitt y Leonardo DiCaprio, por primera vez reunidos en una cinta, y Margot Robin, hace pocos años integrada a la lista de las rubias cuya belleza está a la medida de su gran talento, émula de Nicole Kidman y Naomi Watts.
Asesinato que, sin embargo, en la historia del director de Knoxville, nunca ocurre.
De forma semejante a “Bastardos sin Gloria”, donde Tarantino aprovecha el terco cliché que la cinematografía mundial ha hecho de Adolfo Hitler (un personaje más de ficción, sujeto a los caprichos de la industria), para acribillar al tirano por conducto de un desertor inmerso en el delirio, y con ello dar fin a la guerra y “salvar” a millones de personas, la “fallida” masacre en el fraccionamiento de Cielo Drive deslinda del hecho a la floreciente contracultura de los años 60 que fue vilipendiada a raíz del horrendo delito.
Charles Manson era públicamente conocido como defensor del movimiento hippie, la paz, la propiedad comunal, el amor libre, el rock. Valores contrapuestos a una sociedad norteamericana dividida por la guerra de Vietnam, expuesta al derrumbe de sus ideas fundacionales en mitad del siglo XX.
Manson, en un arranque psicópata, queriendo provocar una guerra interracial, o, según otra versión, tratando de inculpar del ataque a un vendedor de drogas, envía a sus queridos zombis a perpetrar el multihomicidio.
Las consecuencias fueron nefastas: la contracultura de la libertad y la justicia se convirtió en presa de la histeria norteamericana que vio en el escandaloso crimen la prueba irrefutable de que a espaldas de la disidencia y el radicalismo de sus jóvenes se hallaba la maldad pura, diabólica.
La onda destructora del fenómeno Manson alcanzó al mundo y específicamente a México, donde el PRI y el conservadurismo de la mayoría encontraron en la distorsión mediática del asesinato el pretexto idóneo para perseguir los ideales de la juventud emergente:
Aún hasta la década de los ochenta el rock no era escuchado ni por error en las radiodifusoras comerciales; los conciertos de este increíble, hermoso género musical, habían sido censurados desde el gobierno de Luis Echeverría; salir a la calle con chamarra de cuero, playera con el estampado del algún grupo y cabello largo constituía una clara invitación a los policías; proliferan los casetes y las conferencias de charlatanes que “demostraban” el contenido satánico de las canciones, que inducían, según ellos, a consumir drogas, violar y matar.
Lo absurdo y estúpido de estas creencias -asumidas con temor reverencial por al menos dos generaciones- es ahora evidente para una juventud con acceso casi ilimitado a la información y en posición de tener los gustos y estilos de vida que más le plazcan.
En la última escena, el famoso estilista Jay Sebring, indemne, vivo, uno de los amigos de Sharon Tate presente aquella noche, sale a la puerta de la casa habitada por los Polansky.
Pregunta a Rick Dalton (DiCaprio), situado en medio de la calle viendo partir a una ambulancia, sobre el reciente ataque a su vivienda, donde “tres hippies locos” intentaron matarlo a él y a los demás residentes, agresión impedida, afortunadamente, por el rudo y valiente “hombre de piedra”, Cliff Booth (Pitt).
En el interphone se escucha a Sharon, ligeramente consternada, proponiendo a Dalton beber una copa, luego del sangriento suceso. En toma aérea se observa al popular actor de westerns siendo recibido por el grupo de amigos que no pueden creer lo que pasó.
El conocido suspenso de las películas de Tarantino se resuelve otra vez con un acto extremo de violencia, pero en esta ocasión, generando una catarsis inversa: la no consumación del artero crimen esperado por todos es… un acto feliz, liberador. Polansky, esposa y amigos, han sido “vengados”.



