Noticieros y diarios a nivel local y nacional, se han dedicado recientemente a dar cobertura a la captura del exgobernador Javier Duarte, a las propuestas para la negociación del Tratado de Libre Comercio con Canadá y Estados Unidos, a los problemas de inseguridad que privan en cada ciudad del país o a las elecciones para aquellas entidades que se encuentran en plena época electoral… Pero hoy, como cada 30 de abril de cada año, en México, si así lo decidimos, nos olvidaremos un poco de los acontecimientos que nos saturan y nos dedicaremos a los más pequeños habitantes de México, los niños.
Si bien a nivel mundial, se celebra a los infantes cada 20 de noviembre, en nuestro país, desde el año 1924, se festeja el último día del mes de abril, a propuesta del presidente Álvaro Obregón y de su entonces secretario de Educación Pública, José Vasconcelos. La idea de festejar a los más pequeños, no es sólo como un mero distractor, sino para hacer conciencia de la necesidad de reafirmar los derechos de los niños, universalmente. Es importante pues, procurar el bienestar de los más inocentes, los más imaginativos, creativos y aventureros: los niños.
La mayoría de los adultos hemos mencionado en al menos una ocasión, que los niños y niñas son el futuro del país en que vivimos. Tal aseveración resulta muy importante, ya que si efectivamente nos preocupa quiénes estarán a cargo de una nación en unos años más, dependerá de nosotros en gran medida, el formarlos, dotarlos de un entorno sano, agradable y competitivo. La formación y el comportamiento de los adultos del mañana, dependerá de cómo se críe a los niños del “ahora”. Todo niño merece ser feliz. Todo niño merece, al menos, tener satisfechas las necesidades más básicas que deben cubrírsele a un ser humano. A vivir en una casa habitación segura, a ser nutrido y atendido cuando enferma, a tener una vestimenta digna y una educación que le permita desarrollarse como un individuo que sea útil a nuestra sociedad. Lamentablemente, no todos los niños juegan a participar en campales con espadas láseres ni brincan por jardines verdes y recién podados, con fastuosos vestidos de princesas.
No todos piden un cuento al dormir, ni que les lleven leche o galletas en medio de la noche. No todos pueden acurrucarse al lado de sus padres cuando el miedo les asalte en sus cunas o en sus camitas. Desafortunadamente, en nuestro México, como en muchos lugares del mundo, hay niños a quienes no se les reconocen ni respetan sus facultades más básicas, no sólo porque sus padres no quieran hacerlo, sino porque no pueden hacerlo o porque ni siquiera están en el panorama de esos chiquitos. El día del niño debe percibirse no sólo como un momento de distracción y alegría, de festejo porque este mundo cuenta con seres humanos que nos inspiran, sino también como un importante recordatorio de la imperiosa necesidad del respeto a los derechos humanos de los niños, niñas y adolescentes.
Sus prerrogativas están previstas no sólo en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, sino también en tratados internacionales y en otras leyes aplicables, esencialmente en la Convención sobre los Derechos del Niño y en la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. No basta con que cada 30 de abril, las autoridades o los políticos distribuyan juguetes o dulces entre las poblaciones infantiles más necesitadas. Hace falta que de manera efectiva, día a día, se respeten los derechos de todas y todos los niños mexicanos.

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