Esta es la semana de las fiestas patrias. Además de festejar el grito de Independencia, se conmemora uno de los crímenes que más conmocionaron a México a finales del siglo XIX: el atentado a Porfirio Díaz y posteriormente, el primer linchamiento como tal en el país.

Recordemos pues esta historia mientras esperamos el momento del grito saboreando unos pambazos y un agua de horchata.

EL DÍA

La mañana del 16 de septiembre de 1897, alrededor de las 10:00 el entonces dictador Porfirio Díaz salió a celebrar la fecha desfilando por la Alameda Central, en la Ciudad de México. Lo acompañaban su Ministro de Comunicaciones, el General Mena, y el de Guerra, Berriozábal. Parecía un festejo como cualquier otro.

No muy lejos de allí, se encontraba bebiendo Arnulfo Arroyo. Se trataba de un alcohólico de ideas anarquistas, que aborrecía ante todo el régimen de Don Porfirio y tenía razones muy justificadas. Después de tomar demasiado, salió tambaleándose y apestando a tequila, hasta llegar a donde estaba el mandatario saludando a su público. A trompicones, Arnulfo llegó hasta Díaz y se le abalanzó, intentando golpearlo. Cuando parecía que iba a sacar un arma los soldados del Colegio Militar lo separaron y comenzaron a golpearlo, mientras que Porfirio, pragmático como era, dijo:

“Que no se le haga nada a este hombre. Cuídenlo, pues la pertenece a la justicia”.

En la crónica de la época escrita por Jesús H. Rábago, titulada “Historia de un gran crimen” se narra: “Un hombre histérico, removiendo toda su fuerza nerviosa, se lanzó al general Díaz en su su violencia y atropello insensatos y rudos, le diera un gran golpe en la nuca, haciéndole rodar el sombrero sobre el empolvado pavimento”.

Mayúscula fue la sorpresa de la policía cuando supieron que Arroyo apenas podía mantenerse en pie. Aún así, lo llevaron detenido a la comisaría. Durante todo el trayecto, el perpetrador no dejaba de gritar que Díaz era un miserable, un represor y un villano de la peor calaña. Los uniformados se limitaron a ignorarlo, mientras que un sector de la gente estaba molesta por el atentado contra su presidente.

Sin saberlo, Arnulfo había firmado su sentencia de muerte.

Esa misma noche, Arroyo esperaba su sentencia en las celdas de la policía, cuando de súbito llegaron unas personas armadas con cuchillos y entraron a la fuerza al lugar. Sacaron a Arroyo a patadas de su confinamiento, y comenzaron a apuñalarlo hasta matarlo. No duró mucho tiempo vivo.

Como era de esperarse, Díaz lamentó el hecho, pues un crimen como un linchamiento era algo inaudito para 1897. Era terrible que en México se “estrenara” algo así.

DESPUÉS…

El llamado “Asunto Arroyo” fue cubierto por todos los medios, entre ellos “El Imparcial”, que era el que más favorecía al régimen. Los hechos estuvieron en boca de todos, y hubo incluso manifestantes que se presentaron al periódico mencionado para quejarse. Podría decirse que, para la época, fue un asunto verdaderamente mediático.

Sobre Arroyo y Díaz, está la novela “Expediente del atentado” de Álvaro Enrique, y su adaptación de la lente de Jorge Fons. La crónica escrita por aquellos años de la pluma de Jesús H Rábago se puede encontrar en archive.org, totalmente escaneada.

El caso de Arnulfo Arroyo, no cabe duda, fue el de alguien a quien mataron en caliente.

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