‘Un Capítulo en México’

México tiene la facilidad para crear y mantener rencores con poco sentido, hay quienes odian la figura de Hernán Cortés por la manera en que se conquistó Tenochtitlan y otros, que pecan de ‘falsos intelectuales’, crearon un odio con la figura del navegante genovés, el almirante del grande océano: Cristóbal Colón.

En la ciudad de Valladolid (España) el hombre que se atrevió cruzar la mar, de ir más allá de lo que los miedos del hombre permitían. El 20 de mayo de 1506, Cristóbal Colón murió de un ataque cardiaco, enriquecido por el fruto de sus viajes y ciego, al final de sus días, sus ojos tan habituados a la vida cerca del mar, con los que presenció la magnificencia del océano, le fallaron finalmente.

Moriría, quizá, recordando en oscuridad, su primer viaje para llegar a las Indias. Al frente de hombres de poco fiar y bajo la encomienda de no fallarle a la mujer que confió en él, la reina Isabel. Aquella mañana de agosto de 1492, Colón zarpó del puerto de Palos sin saber siquiera con lo que iba a toparse, y tan desgraciado, que a su muerte seguía sin reconocer en su necedad que había descubierto un nuevo mundo y no el camino a las Indias que tanto deseaba encontrar y ¿por qué América y no Colombia? Porque un explorador y comerciante avispado levantó primero la mano para asegurar que aquellas tierras eran nuevas y, ante eso, ya nada se podía hacer, Américo Vespucio se robó el descubrimiento del gran almirante y bautizó a la nueva joya de la corona de España. Isabel la Católica murió dos años antes que el genovés y Colón permaneció soñando en las tierras del Gran Kan.

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COLÓN

Cristóbal Colón fue tan desgraciado como muchos que viajaron al nuevo mundo, uno que se atrevió a ir donde muchos no; llevó la luz del viejo mundo sin saber que bajo la antorcha que llevaba se ocultaron cientos de sombras que aterrarían América.

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