Los ladrones de arte se han convertido en personajes de películas, cómics y series televisivas en tantas ocasiones, que muchos creemos que se trata de seres de ficción. Ya sea la despampanante Gatúbela en las historias de Batman, o Nolan Booth, personaje que interpreta Ryan Reynods en la reciente cinta “Alerta Roja”, nos parecen una mezcla de pillaje, villanía y cultura por igual.

Lo cierto es que, en la vida real, existen ladrones de arte cuyas historias exceden a toda criatura de ficción. Tal es el caso de Stéphane Breitwieser, quien después de robar más de 200 obras de arte en 179 museos por toda Europa, se convirtió en escritor. Nunca uso la violencia y no cometía sus delitos por dinero, sino, según sus palabras, por amor. Para tenerlas en su casa.

Nacido en Francia en 1971 e hijo único de padres adinerados, Breitwieser cometió su primer hurto en 1995 cuando visitaba el castillo de Gruyères en Suiza. No fue un plan elaborado de película hollywoodense: vio un cuadro, le gustó, lo descolgó y se lo llevó. Punto. Repitió el mismo proceso, y aunque le gustaba improvisar, tenía precauciones que él mismo confesaría años después: esperaba el cambio de turno de los guardias o la hora de la comida, buscaba puntos muertos de las cámaras y siempre vestía bien y era educado con todo el personal.

También memorizaba las salidas de emergencia y se valía de una navaja suiza para quitar clavos de los cuadros. Parecía imposible, pero la simplicidad y la inmediatez eran su estilo. Bien se dice que el crimen es una cuestión de oportunidad.

Breitwieser vivía con su madre, quien no sospechaba que en su propia casa tenía cuadros de Pieter Brueghel el Joven o una caja de oro que perteneció a Napoleón.

A diferencia de muchos criminales con adolescencia violenta, el ladrón no bebía ni se drogaba, pero tampoco le gustaba la televisión y los videojuegos: prefería pasar el tiempo leyendo sobre arte y visitando museos. Debido a que a los 19 años trabajó como guardia de seguridad, entendió que muchos no se fijan en las obras, sino en prevenir el hurto de estas, así como la gente presumiblemente sospechosa. Tampoco robaba piezas muy famosas, pues todo mundo las identificaría. En ocasiones, era ayudado por su novia, Anne-Catherine Kleinklaus quien entretenía a los guardias de seguridad y más de una vez le rogó dejar el crimen, pero él nunca quiso.

ASÍ LO ATRAPAN

Pero, como todo ladrón de arte de la ficción y la realidad, su arrogancia y autoconfianza llevarían a su captura.

En 2001 visitaba un museo en Lucerna, Suiza, donde cometía sus delitos, pero volvió a los dos días para terminar de visitar el recinto, y un guardia de seguridad lo reconoció, dando aviso a las autoridades.

Aunque robó pinturas con valor de más de 100 millones de dólares, por no haber usado la violencia, aunado a que su madre y su novia destruyeron muchas de las obras para eliminar evidencias, solo le cayeron 3 años de cárcel. Por buena conducta, cumplió 26 meses.

En 2006 publicó su autobiografía: “Confessions d’un voleur d’art” donde cuenta todas sus hazañas. Parecía que se había reformado, pero como todo personaje de su clase, en 2019 se encontraron monedas romanas de un museo de arqueología.

Este caso ha sido retomado por varios investigadores, articulistas e incluso, el youtuber de arte Antonio García Villarán. No sería raro que, en lo futuro, pronto se filme una película sobre los hechos… o que Breitwieser robe más arte.

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