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DESCIPRODISTANCIAS

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Crucé el umbral de mi casa, y aunque pareciera un pequeño paso para el niño, en realidad fue un paso gigantesco para mi humanidad. No era la primera vez que caminaba, por supuesto, pero sí la primera vez que lo hacía fuera de la casa sin supervisión adulta. Mi mano derecha se balanceaba al compás de mis pasos mientras que la izquierda se encontraba dentro del bolsillo de mis shorts, apretando con fuerza el dinero que mi madre me había confiado para comprar dos litros de leche en la tienda de la cuadra. Me esforzaba por parecer calmado, como si no viera una amenaza en cada vecino y mi potencial muerte en cada coche que pasaba junto a mí.

En cuanto llegué a la tienda tomé los litros de leche y los puse sobre el mostrador, la encargada algo dijo pero no la escuché porque toda la calma que había fingido hasta ese momento me abandonó en cuanto solté las monedas para pagar. Si el camino de ida fue una especie de caminata lunar en cámara lenta, el de regreso fue más parecido a una carrera olímpica, si los corredores olímpicos las hicieran apenas abriendo los ojos en un ataque de pánico con un litro de leche en cada brazo. En cuanto regresé a casa cerré la puerta y actué calmado y cool, como si eso es algo que hiciera todos los días. El problema vino cuando mi madre me pidió el cambio, la idea de repetir la proeza heló mi sangre. Me acompañó de regreso y creo que rió todo el camino.

De cualquier manera haber ido solo a la tienda y haber regresado con vida era para mí un logro, y un primer paso a eso que más adelante se convertiría en el Santo Grial de mi Indiana Jones personal: la independencia.
Antes de ser adulto imaginamos la independencia de la misma forma que pensamos en un parque de diversiones; todo es nuevo, brillante y divertido, queremos subirnos a los juegos porque ya estamos grandes y somos capaces de vivir los riesgos y el peligro. Entonces no podemos esperar para:
• Comer lo que sea en la cantidad que se nos antoje. ¿Qué importa si es la quinta dona de chocolate sopeada en helado de vainilla revuelto con mermelada?
• Dormir a la hora que se nos antoje. Pete pequeño tenía razón cuando decía que la verdadera vida empezaba después de las 10 de la noche. Seguramente los adultos inventaron el sueño para poder quedarse solos viendo películas de terror y muchachas encueradas.
• Comprar lo que queramos en la tienda. Por alguna extraña razón de niño yo creía que dejar de depender del dinero de mis padres me daría poder para comprar cualquier cosa de la tienda de la cuadra –ahora que ya podía ir y regresar solo sin morir-
• Ver tele todo el día. En mis fantasías independentistas podía ver un programa que se llamaba Los Simpsons que estaba prohibido en la casa pero que todos mis amigos veían y yo pretendía que sabía de lo que hablaban, pero mentía por convivir.
Lo curioso viene cuando llegamos a ser adultos y tenemos a nuestro alcance el Santo Grial, pero resulta que no somos Indiana Jones sino uno de los nazis. Tomamos una copa al azar y probamos el vino de la independencia que al principio es dulce, pero casi de inmediato convierte ese parque de diversiones en La Isla de los Juegos, aparece el cochero y en vez de ser niños de verdad la vida adulta amenaza con transformarnos en bestias de carga con orejas de burro y toda la cosa.
Entonces comer lo que queramos a la hora que queramos nos hace depender de la insulina
Dormir a la hora que se nos antoje deriva en insomnio que nos hace dependientes del café por las mañanas, y éste a los medicamentos para la gastritis.
Comprar lo que queramos de la tienda lleva irremediablemente a depender de tener un trabajo remunerado.
Ver tele todo el día nos lleva a depender de los horarios o de que las cadenas produzcan la próxima temporada antes de que explote nuestra ansiedad.
Evitar todo eso nos haría dependientes de hábitos saludables, aunque para eso hay que tener equilibrio emocional, que no lo venden ni en el mercado negro.
Dejamos de tener el cobijo del mundo adulto porque ahora somos un hilo más de esa cobija, y nadie avisa que en realidad lo teníamos todo mal, pues la verdadera independencia residía en no ser directamente responsables de nuestros actos más allá de las represalias por parte de aquellos que tienen la misión de cuidarnos. Una vez que eso no es posible lo que nos queda, en el mejor de los casos es decidir a qué seremos dependientes. Jodido precio de ser adulto.
México dejó de depender de España y eso lo celebramos cada 16 de septiembre, pero regresamos corriendo a la casa cargando dos litros de leche para depender de los gobernantes igual de abusivos aunque ahora locales. Una serie de desastres naturales ha tenido el efecto de que empecemos a contar con el apoyo que se da entre nosotros independientemente y a pesar del gobierno que tenemos. Esa suena como una mejor elección, si de escoger dependencias se trata.
A lo que voy es a que la independencia es una chica muy deseada pero nadie nos dice que con ella viene de chaperona su hermana la dependencia, que es a quien realmente queremos y elegimos. No sólo se trata de soltarse sino de saber a qué nos vamos a agarrar para caminar por nuestra cuenta, para caminar a donde queramos… sabiendo que dependemos de los otros porque solos no llegamos lejos.

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