EPÍGRAFE:
“La sensación que tuve no se puede comparar con nada en el mundo. Era el infierno en la Tierra. Fue horrible. Por la noche, el hedor era insoportable. Se oían gritos. No pude dormir en toda la noche. Auschwitz era un lugar diabólico de donde nacía el mal. Había una presencia maléfica que impregnaba todo”
Denis Avey
Uno de los acontecimientos de más horror y vergüenza en la historia lo constituye, sin duda alguna, la Segunda Guerra Mundial, en la que murieron millones de personas. El Holocausto vivido en esa conflagración, donde los judíos fueron objeto de una terrible persecución para ser confinados a campos de concentración y ejecutados ahí, es una mancha imborrable en el expediente de la humanidad.
El Ejército Rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en su avance sobre las fuerzas de la Alemania nazi, liberó el campo de concentración de Auschwitz el 27 de enero de 1945, apenas unos cuantos meses antes de que los germanos se rindieran ante los Aliados.
Los nazis crearon Auschwitz en el territorio polaco que invadieron para destinarlo al exterminio de los judíos que caían en sus manos. Los judíos asesinados, solamente en Auschwitz, sumaron más de un millón al final de la lucha. La masacre llevada a cabo en diferentes campos de concentración era parte de “La solución final”, plan impulsado por Adolfo Hitler para eliminar a los judíos del continente europeo, por considerarlos un problema para la nación tedesca.
Actualmente el campo de concentración y exterminio de Auschwitz está convertido en un museo donde los visitantes se acercan a la dolorosa memoria que resguardan sus muros. Ahí se observan, entre otras cosas, enormes cantidades de pelo de los prisioneros, toneladas de pertenencias con las que llegaron, maletas, zapatos y mucho más.
Las atrocidades vividas no únicamente por los soldados sino también por la población civil durante la Segunda Guerra Mundial no han servido, en muchos casos, como experiencia para evitar los errores del pasado.
Los civiles continúan sufriendo las consecuencias de los conflictos bélicos, sin importarles a los bandos contendientes que sean niños o mujeres que nada tienen que ver. Las imágenes de infantes fallecidos o heridos gravemente por bombardeos inmisericordes constituyen algo cotidiano desde hace muchos años. Ahí están las fotografías grotescas de pequeños afectados por ataques en la guerra de Vietnam, Siria, o los sufridos por los palestinos a manos de Israel, irónico. Los combates ya no se circunscriben a un campo de batalla como en épocas antiguas, en la que los ejércitos luchaban sin involucrar a la población indefensa y aun así, ésta igualmente sufría cuando se le ponía sitio a una ciudad o era tomada por los vencedores de forma violenta.
La Segunda Guerra Mundial con el Holocausto tuvo un autor, Adolfo Hitler, él logró convencer con sus ideas a la gran mayoría de la sociedad alemana, la que con el paso del tiempo adoptaron el nazismo prácticamente como una religión, siendo Hitler, el Führer, la autoridad máxima. Todos lo obedecían ciegamente, sin chistar, convencidos de que no existía nada más allá de lo dictado por el otrora aspirante a pintor. Aquellos que osaban siquiera intentar hacer una crítica al régimen o al Führer eran detenidos, se les asesinaba o desaparecía.
El eficaz aparato de propaganda de Hitler hizo creer a la gente que él y el nacionalsocialismo llevarían a Alemania a dominar Europa y al mundo, pues eran la raza superior. Finalmente sus locuras ocasionaron la mayor desgracia en los anales de la historia.
Desafortunadamente en todo momento han existido y seguirán existiendo, líderes de esa índole, que se presentan como divinidades que arreglarán todo con su sola presencia, exigen culto a su persona, no aceptan críticas, ellos siempre tienen la razón y quienes no están de acuerdo en algo enfrentan el ataque de él y sus fieles lacayos. Todos son enemigos de la patria, malos, traidores, corruptos, etc., menos ellos y sus seguidores, quienes actúan como el caudillo les manda, al son que les toque, sin conciencia propia, sin el mínimo asomo de cuestionamiento, si se los dice su “Führer” todo está bien, no queda más que aplaudir, él es perfecto. Aprovechando esta situación de subordinación extrema los líderes hacen y dicen lo que les viene en gana. Adolfo Hitler es el claro ejemplo de esto y el resultado fue funesto para Alemania y muchos otros países.
Las guerras siguen, la masacre a inocentes también, los jefes de estado que llevan a sus conciudadanos a disputas bélicas para satisfacer sus ideas no están dispuestos a desaparecer, cada día nos enteramos de actos de crueldad ocurridos en naciones que pelean contra otras o intestinamente… Sólo cabe preguntarnos, ¿aprendimos algo de Auschwitz?
