En estas fechas, las lápidas son un elemento prácticamente omnisciente, eso es algo que todo mundo sabe. Lo que muchos desconocen es quién es aquel que se encarga de esculpirlas, de dotar al mármol de palabras para que los vivos puedan identificar a sus muertos.

Quienes se dedican a esto son los marmoleros. Uno de ellos es José Refugio Araiza, quien platica sobre su oficio y el de su familia, al que se dedican desde los años veinte del pasado siglo XX. Su negocio se encuentra frente al panteón San Nicolás, justo a unos pasos de las escaleras del puente peatonal.

José Refugio se levanta desde temprano a esculpir lápidas de mármol. Empezó su abuelo, José Refugio, en 1928. Posteriormente él tomó el relevo. Con el paso de los años se dividirán los socios de la marmolería, pero continuarán con el oficio.

“El panteón tiene más de cien años, y no dejamos de trabajar en todo este tiempo”, dice con orgullo el señor Araiza.

La realización de las lápidas es todo un proceso que requiere su disciplina, su dedicación, su constancia y su arte. Lo explica Araiza muy grosso modo:

“La elaboración de una lápida tiene sus detalles. Primero es lo más lógico: cuando el cliente nos hace el pedido y se le hace un presupuesto. Después se arregla uno, y comienza el trabajo. Usamos yeso para modelar, y después cemento blanco. Granito y concreto también se tendrán que usar y cemento gris con arena. Todo se modela y se cuela. A los dos días se levanta y se pone en el sol”.

El siguiente proceso es pulir la piedra y posteriormente, enterrar en arena. A los dos días se termina y se pasa al grabado y dibujo. El familiar del difunto decidirá qué quiere que diga la lápida o la imagen que tenga. Todo será dependiendo del presupuesto. Finalmente, se pinta y se instala.

La cotización de la lápida más sencilla cuesta 800 pesos, que es concretamente para restos. Va subiendo dependiendo de lo que se requiera. Hay hasta de 5 mil 500, esas son las más costosas.

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