
Hay frases que no necesitan explicación; frases que no nacen de la razón, sino del corazón. Son esas que se gritan antes de que las cosas sucedan, porque primero hay que creerlas para después vivirlas.
«Y sí, ¡¡¡sí!!!» no es una simple expresión. Es el reflejo de un país que lleva décadas esperando un momento que le devuelva la ilusión; la respuesta a todos los que alguna vez dijeron «no se puede» y el eco de millones de mexicanos que, por unos días, vuelven a mirar al futbol como si fuera capaz de cambiarlo todo.
Porque el Mundial nunca ha sido únicamente futbol. Es el señor que termina su jornada de trabajo y corre para ver a la Selección; es la familia que se reúne frente al televisor; el niño que se pone una camiseta dos tallas más grande porque sueña con defender esos colores, y la abuela que, sin entender la regla del fuera de lugar, grita los goles como nadie.
Durante un Mundial, México se transforma. Las conversaciones se olvidan de los problemas cotidianos, las calles se llenan de banderas y los desconocidos se abrazan. La esperanza vuelve a ocupar un lugar que, durante mucho tiempo, parecía reservado para la nostalgia. Y quizá eso sea lo más valioso: no importa cuántas veces la historia nos haya golpeado ni cuántos «ya merito» existan en nuestra memoria colectiva; cada cuatro años volvemos a creer. Porque creer también es una forma de resistir.
Este torneo llega en un momento en el que muchos mexicanos necesitan una buena noticia, volver a sentir orgullo y demostrar, aunque sea durante noventa minutos, que todavía hay razones para sonreír. No porque el futbol resuelva los problemas del país, sino porque nos recuerda algo que a veces olvidamos: cuando millones de personas sueñan al mismo tiempo, la energía se transforma.
Y entonces, aparece la pregunta: “¿Y si…? ¿Y si esta generación sí? ¿Y si ahora sí llega ese partido inolvidable? ¿Y si dejamos atrás las maldiciones? ¿Y si México logra escribir una página distinta?”.
La respuesta llega casi de inmediato, rotunda: “¡Y sí, sí!”.
Porque antes de levantar una copa, hay que levantar la esperanza. Antes de hacer historia, hay que imaginarla; y antes de sorprender al mundo, hay que convencerse de que es posible.
Quizá el Mundial termine como casi todos: con un solo campeón y millones de sueños que tendrán que esperar cuatro años más. O quizá no. Quizá esta vez sea diferente.
Aunque nadie puede garantizar el resultado, hay algo que ya está ocurriendo: México volvió a ilusionarse. Y mientras exista esa chispa, mientras haya un niño pateando un balón creyendo que puede ser el próximo héroe, mientras una familia se reúna a cantar el Himno y un país entero vuelva a decir «vamos juntos», todavía habrá motivos para creer.
Porque las grandes historias empiezan exactamente así: con una simple frase, con una sonrisa, con un sueño… y con un país entero diciendo, una vez más:
«¡¡¡Y sí, sí!!!».