
CIUDAD DE MÉXICO.- Cerca de Ojinaga habló Villa con sus generales. La lucha, les dijo, ya no debía continuar. La Revolución estaba convertida en una lucha por el poder, y él no lo ambicionaba.
Muerto Carranza, lo que correspondía era dejar las armas y ponerse a trabajar en paz.
Con tristeza los aguerridos combatientes le dieron a su jefe la razón. Cansados de ir de batalla en batalla sin mirar nunca la recompensa final a sus esfuerzos muchos «Dorados» había dejado las filas para volver a sus hogares. No quedaban más que unos cuantos centenares de hombres: los más fieles, los más empecinados, o los que no tenían casa a dónde regresar.
Quedaba también el orgullo de no haber sido vencidos jamás. Contra ellos mandó De la Huerta al general Amaro, el más astuto, el más arrojado, el más cruel. Y dijo Amaro que ya tenía rodeado a Villa en el Parral, Cuando lo dijo, Villa estaba a muchos kilómetros de ahí, escondido en la sierra que conocía tan bien.
Pero debía salir de Chihuahua. Ahí ni él ni sus hombres tenían garantías. En cada elemento del gobierno había un enemigo; en cada antiguo aliado un posible traidor. Así pues, decidieron emprender un larguísimo viaje para evadir la persecución. Irían hacia el Oriente, hacia Coahuila.
Tenían 500 vacas, única riqueza aparte de sus caballos y sus armas. Las sacrificaron casi todas, y con la carne hicieron tasajos y cecina. Se dividió el alimento entre los soldados, y cada uno puso su parte en su caballo. Con el vientre y las tripas de las reses hicieron odres para cargar el agua, pues no la hallarían en muchas leguas.
Cargaron una recua de mulas con maíz y emprendieron el largo, fatigosísimo camino.
Bien pronto empezaron las penalidades. Las vacas que habían dejado vivas para comer carne fresca empezaron a morir víctimas de la sed y del cansancio. Agobiados por los terribles soles del desierto los hombres caían de sus caballos, desfallecidos. El viejo general don Nicolás Fernández, campesino del desierto, daba a los insolados pequeños tragos de agua mezclada con sal y con sotol, e instruyó a los soldados sobre las hierbas y raíces que podían mascar para quitarse la sed.
Cuando ya todos habían perdido la esperanza de salir con vida de aquel inacabable viacrucis, una mañana Villa tomó sus catalejos y oteó el horizonte. La noche anterior algunas reses habían escapado. Ahora regresaban caminando con lentitud, pero con paso firme.
-Esos animales ya encontraron agua -dijo Villa-.
Siguieron las huellas de los animales y dieron con una presa llena con el agua de las últimas lluvias. Era «La Merced», obra construida por don Francisco I. Madero en sus años de agricultor.
Los ojos de Villa se llenaron de lágrimas mientras observaba cómo los hombres y las bestias bebían hasta saciarse. Exclamó lleno de emoción: -¡Hasta muerto me sigue protegiendo el señor Madero!
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