Es difícil ignorar la obra de Carlos Fuentes y su contribución a las letras del País. Nacido en Panamá en 1924, pero ciudadano del mundo, ser hijo de un Embajador mexicano le permitió residir en muchos países.

A muchos de mi generación nos enseñó a descubrir y gozar el inagotable mundo de la literatura que, en su caso, no se limitó a un sólo género literario.

Si nos quedáramos con los cuentos de su primera obra podríamos decir que fue un excelente cuentista; género con el que inició su larga travesía literaria al publicar Los días enmascarados, en 1954, que contiene el cuento Chac Mool.

Recuerdo un viaje a Uxmal cuando fui a presenciar el espectáculo de luz y sonido que se presentaba en ese hermoso lugar.

Durante el evento, por el sonido ambiental, se llamaba a Chac, dios de la lluvia entre los mayas: de repente empezó a llover.

El cuento de Fuentes abre con la noticia de la muerte de Filiberto, ahogado en Acapulco. Esa tragedia se origina tras la compra en La Lagunilla de una efigie de piedra de ese dios, la lleva a su casa y de repente todo se empieza a inundar.

A partir de esa compra, el hombre vive perseguido por las tragedias que le provoca ese ídolo. A su fallecimiento, un amigo lo regresa en féretro a la Ciudad de México, pero es el Chac Mool el que abre la puerta de la casa, de la que se ha apoderado.

Otro cuento magistral y enigmático, algunos lo califican como novela corta, es Un alma pura. El título lo toma de un epígrafe singular: «Pero, las maniobras inconscientes de un alma pura, son aún más singulares que las combinaciones del vicio».

La historia cuenta la separación física de dos hermanos, chilangos clasemedieros que se separan por la partida de Juan Luis a Suiza a desempeñar un puesto diplomático. Narrada por su hermana Claudia, describe la larga historia desde su infancia hasta que ella viaja a Suiza a repatriar el cuerpo inerte de Juan Luis.

A partir de estos primeros cuentos, su creatividad se desbordó en una obra extensa. Tocó con soltura casi todos los géneros literarios, y de pilón fue un agudo observador de la política nacional.

Se dice que con Pedro Páramo, 1955, de Juan Rulfo, se cierra el ciclo de la novela de la Revolución, y La Región más transparente, 1958, de Fuentes, abre el paso a la novela urbana.

De esta novela, dijo Octavio Paz en Cuerpos y ofrendas, una antología de cuentos de Fuentes, que «fue una doble revelación para los mexicanos, les mostró el rostro de una ciudad que, aunque suya no conocían y les descubrió a un joven escritor, que desde entonces no dejaría de asombrarlos, desconcertarlos e irritarlos».

En ella se descubren los entresijos de esa gran capital, que poco nos dice a los que nacimos y vivimos en esta ciudad, alejada entonces del mundanal ruido.

Cuando llegué a vivir a la CDMX, 1970, traté de encontrar algunas de las huellas que trazó en esta obra maestra.

Su segunda gran novela, La muerte de Artemio Cruz, 1962, describe la agonía de un revolucionario, vuelto rico y poderoso, que cerca del final trata de hacer un recuento de esa frustrada épica nacional.

También en el ensayo literario y político dio muestras de su amplia cultura. Lo mismo en los dos tomos de Tiempo Mexicano que tratan del sistema político, que en los ensayos de literatura iberoamericana y universal.

La lectura de En esto creo, texto cuasibiográfico de su madurez, puede servir de guía a los que quieran entrar al gran mundo de este mexicano universal.

Con todo y la aparición de una camada de grandes escritores mexicanos, Fuentes fue, y de muchas maneras sigue siendo, el guía literario de mi generación y de muchas otras.

Esta semana ha habido homenajes en México y en el continente en su memoria.

Sus cenizas reposan en Montparnasse y su acervo vive en alguna universidad de Estados Unidos.

 

 

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