Inicio Columnas Una acusación ‘diabólica’

Una acusación ‘diabólica’

0

La vida de Damien Echols dio un giro cuando se le acusó de un espantoso crimen que no había cometido. Todo por culpa de los prejuicios de la gente de su ciudad, quienes lo consideraron un adorador de Satanás cuando en realidad, no era diferente a cualquier otro adolescente a principios de los años noventa al que le gustaba el heavy metal y vestir de negro.

Su historia, tanto trágica como injusta, ha inspirado no solamente varios libros y documentales sino también al personaje de Eddie Munsen, a quien le ocurre lo mismo en la última temporada de la popular serie ‘Stranger Things’.

Estos fueron los hechos.

La mañana del 5 de mayo de 1993, en la ciudad de West Memphis, Arkansas, tres niños de 8 años llamados Steven Branch, Michael Moore y Christopher Byers fueron reportados como desaparecidos, para aparecer muertos al día siguiente en un canal del drenaje, con huellas de tortura y maniatados.

Los asesinatos produjeron terror, miedo y paranoia en el tranquilo lugar, cuya policía no estaba acostumbrada a tratar escenas del crimen y descuidó las evidencias. Los ciudadanos no querían justicia, sino un culpable fuera quien fuera.

CHIVOS EXPIATORIOS

Los ‘sospechosos’ que detuvo la policía sin suficientes pruebas fueron los adolescentes Jason Baldwin, Jessie Misskelley y Damien Echols, de 18 años. Este último sería el que la pasaría peor. En West Memphis los tres muchachos eran vistos como parias y ovejas negras, pues les encantaba la música metal y cuestiones vinculadas al ocultismo, cine y la literatura de terror. No hubo pruebas suficientes. Fueron detenidos con Echols como el principal sospechoso, quien fue interrogado el 7 de mayo.

La poca evidencia se difundió como la pólvora: entre la pésima investigación forense y los rumores, se dijo que los tres chicos sacrificaron a los niños en un ritual satánico, entre velas negras, estrellas invertidas de cinco puntas y rezos en latín. De nada sirvió que los acusados negaran todo y salieran limpios en la prueba del polígrafo. La gente quería culpables.

Al caso se le conoció como ‘West Memphis Three’. Un año después los supuestos culpables fueron presentados ante la Suprema Corte de su país. Jessie y Jason fueron condenados a cadena perpetua, mientras que Damien a la pena de muerte por inyección letal.

Los tres pasaron décadas tras las rejas, hasta que en 2007, con las pruebas de ADN más avanzadas, se descubrió que ninguno había dejado rastros en el lugar de los hechos. Pero ya había pasado el tiempo, pasando encerrados los mejores años de su vida. Hasta 2011, el gobernador de Arkansas les concedió el perdón y con este, la libertad.

Las irregularidades del caso salieron de la cloaca con el paso de los años. En 2003, Vicki Hutcherson, una testigo que juró haber escuchado a Damien planear matar a los niños en una misa negra, reconoció que inventó todo porque fue coaccionada por la policía, además que hubo menores de edad, incluyendo los sospechosos, que fueron interrogados sin supervisión alguna.

Hoy en día, libre y exonerado, Echols se ha convertido en un destacado escritor y artista plástico, y se vale de las redes sociales para seguir presionando a las autoridades a que esclarezcan los hechos, pues hasta el día de hoy el responsable del asesinato de los niños sigue sin identificarse. De manera constante actualiza su cuenta de Twitter donde exige justicia y evidencia las lagunas legales de la situación que lo encerró durante años. Pese a todo lo que vivió, se muestra con esperanza, tal como publicó un tuit el pasado 13 de junio de 2022: “Esto ha llevado 30 años en desarrollo y no hubiera sido posible sin su amor y apoyo. El final de este viaje finalmente está a la vista”.

Esta historia es el mejor ejemplo de que la maldad no tiene que venir, necesariamente, de los abismos oscuros, el lago de azufre y las llamas crepitantes. Con los prejuicios y la crueldad humanas es suficiente.

Salir de la versión móvil