No cabe duda que Vincent Van Gogh es uno de los pintores más famosos e importantes de la historia. Sus cuadros, como ‘La noche estrellada’, ‘Los Girasoles’ o ‘Terraza de café por la noche’ son universalmente conocidas y admiradas; por desgracia, también han sido blancos de la delincuencia.
Con el paso de los años, los cuadros de este pintor de la oreja amputada han sido sustraídos ilegalmente en al menos 15 ocasiones. Los perpetrados han sido desde nazis, hasta un hombre llamado Octave Durham, apodado ‘Okkie’. Esta es su historia que nada le pide a una película de acción e intriga, protagonizada por carismáticos rateros, mafiosos italianos, policías y expertos en ADN.
El caso empieza una mañana del 7 de diciembre de 2002 en Amsterdam. Parecía un día cualquiera, pero el mundo del arte se iba a conmocionar.
Mientras la gente realizaba sus actividades con normalidad, un hombre llamado Octave Durham con gorra escalaba el museo de Van Gogh y llegaba hasta un tragaluz. Con un martillo rompía el vidrio, para atar una cuerda a una astabandera y arrojarla al interior del museo. Después, descendió y en una maleta guardó dos cuadros: ‘Vista del mar desde Scheveningen’ y ‘Feligreses saliendo de la iglesia calvinista de Nuenen’. Intentó llevarse ‘Los Girasoles’, pero no cabían, de modo que volvió a escalar y se fue. Bajó a la calle y subió a un coche donde lo esperaba su cómplice, Henk Bieslijn, quien condujo con toda tranquilidad mientras sonaba la alarma.
El atraco duró 3 minutos con 40 segundos.
Lo que parecía un robo perfecto, trajo a Octave varias dificultades. La primera era a quien podría venderle cuadros de uno de los artistas más populares de la historia sin levantar sospechas, y la segunda lo aterró a muerte: ¡La gorra se le había caído mientras subía por la cuerda, y tenía muestras de su cabello!
LA INVESTIGACIÓN
Las únicas personas que podrían comprarle un cuadro de esas características era la mafia italiana, concretamente la Camorra. Indagando en el bajo mundo europeo, encontraron a Raffaele Imperiale, quien se dedicaba al tráfico de drogas pero además, era admirador de Van Gogh, por lo que pagó 380 mil dólares. Años después, el mafioso declararía que pagó ‘una auténtica ganga’.
A diferencia de muchos ladrones de arte, que conocen sobre pintores, a Octave no le interesaba. Robó porque se le hizo fácil, porque pudo. Él y Bieslijin gastaron el dinero en seis semanas, entre viajes, motocicletas y lujos. Mientras tanto, todas las policías del planeta los investigaban. Un año después, en 2003, fue detenido al sur de España y puesto tras las rejas. Dieron con él fácilmente, pues la gorra tenía muestras de ADN.
Salió en 2006 con la promesa de pagar la multa de 360 mil dólares aunque solo pagó 60 mil, pues ni siquiera él sabía dónde estaban las famosas pinturas.
En 2016, la policía italiana realizaba un operativo contra el tráfico de drogas en Nápoles. Parecía una situación de rutina, hasta que detuvieron a Raffaele Imperiale quien en espera de que le redujeran su condena reconoció que los cuadros estaban en la cocina de una casa en Castellamare di Stabia, municipio napolitano.
Imperiale evadió a la justicia en varias ocasiones, convirtiéndose en uno de los más buscados no solo de su país, sino por la DEA; hasta su captura en agosto de 2021 en Dubai.
Hoy en día, las dos pinturas se encuentran en el Museo Van Gogh. Una de ellas remite a cuando el padre del genio era pastor, y la otra, un paisaje marino que destaca por ser una de las primeras obras que realizó el brillante Vincent.
Sobre el caso, se puede ver el documental ‘Stealing Van Gogh’ (‘Robando a Van Gogh’) y el libro ‘Meesterdief’ (‘Ladrón Maestro’) escrito por el investigador Wilson Boldewijn.
Queda claro que más allá de polémicas, la obra de Vincent siempre estará presente en la humanidad, por encima de ‘activistas’ que le arrojan sopa de tomate o ladrones de arte.



