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UN CRIMEN MUY CULTO

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Creer que los crímenes son cometidos por personas ignorantes o analfabetas es, en ocasiones, un error. Hay casos de personas con una amplia trayectoria literaria y una amplia cultura, como es el caso de Leonore Carol Israel (cuyo nombre artístico fue Lee), quien llegó a falsificar más de 400 cartas de escritores famosos, vendiéndolas a precios exorbitantes.

Lee Israel nació en Brooklyn en 1930 y vivió allí toda su vida, estudiando la universidad en la City University of New York. Comenzó a trabajar como periodista y escritora, publicando una excelente entrevista de Katharine Hepburn. Con el paso del tiempo se especializó en biografías, brillando así en el mundillo literario de la Gran Manzana. La de la actriz Tallulah Bankhead le abrió las puertas en la industria editorial de los años setenta. Todo apuntaba a que Lee Israel se convertiría en una de las mejores literatas de Estados Unidos.

Pero no fue así.

PROBLEMAS

Como muchos escritores y escritoras, Lee tenía un disgusto por los protocolos sociales y un gusto desmedido por el alcohol. Era famosa en los círculos culturales por sus malas copas y por cerrarse puertas de posibles contratos. Para los años noventa no había un solo editor en Nueva York que quisiera contratarla. Literalmente, estaba a un paso de la mendicidad… pero tuvo una idea que la sacaría de sus problemas financieros y al mismo tiempo, la introduciría en el mundo del crimen.

En 1992 Lee recorría las librerías de Nueva York para ver si vendía algo de su biblioteca y notó que el mercado de las cartas y documentos de escritores famosos era un nicho muy fructífero. Entonces, se le ocurrió que podría falsificarlos.

Su método era simple: leía todo lo que tuviera a la mano del escritor que iba a falsificar, para imitar su estilo hasta en la más pequeña coma. Después, en tiendas de antigüedades compraba papel bond viejo, para pasar la carta a máquina y que diera impresión de haberse escrito hacía años. Finalmente, calcaba la firma.

Comenzó a vender los textos y  ganar dinero. Su amigo Jack Hock era quien se encargaba de gestionar las negociaciones y conseguir clientes entre los anticuarios de Estados Unidos. Entre los 400 documentos que plagió, estaban nombres como Bernard Malamud, Ernest Hemingway o Dorothy Parker.

Lee creyó que podía llegar más lejos, y comenzó a robar cartas de bibliotecas. La gota que derramó el vaso llegó el día que un amigo y especialista en el dramaturgo Noël Coward leyó una carta en la que hablaba de su homosexualidad… algo imposible, pues en la época en que estaba fechada la misiva, era delito ser gay. Comenzaron a investigar a Israel, y fue cuestión de tiempo para que el FBI la detuviera por estafa, fraude y falsificación.

Aunque nunca pisó la cárcel, la condena del juez fue lo peor que se le puede dar a un escritor: cinco años de libertad condicional y la prohibición de no pisar bibliotecas.

Sin embargo, continuó con su carrera literaria, publicando en 2008 “¿Podrás perdonarme? Memorias de una falsificadora literaria”, convirtiéndose en una película protagonizada por Melissa Mc Carthy.

Lee murió en 2008 a los 75 años de mieloma múltiple, descubriendo una amarga verdad que expresó antes de irse al otro mundo, con ese sarcasmo que tanto la caracterizaba:

“Fui mejor autora falsificando, que escribiendo a secas”.

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