Visita Imperial

Septiembre, 1864. León Guanajuato.

La República había caído, el presidente Benito Juárez escapaba de las garras de sus enemigos intentando mantener vivo el sentimiento de un México libre. Las anécdotas de la defensa de Puebla poco a poco fueron silenciadas por las historias del paso imponente del ejército francés y de cómo México se convirtió en un imperio.

Francia se volvió dueña de México por la fuerza, y Maximiliano de Habsburgo aceptaba reinar en una tierra extraña, donde era temido y odiado por igual. Con todo y eso, el gobernante del Segundo Imperio Mexicano se sentía entusiasta, deseaba conocer todo sobre su reino y ganarse la simpatía de sus súbditos ¿Qué mejor manera de hacerlo que con una gira por el país?

Aun no salía el sol cuando, en la ciudad de León, los enemigos de la República se apresuraban con los preparativos. Un grupo de partidarios del imperio salieron a la espera de verle llegar, durante el camino intercambiaron miradas, se preguntaba ¿Cuánto tardaría el emperador en reconocer su lealtad? Muchos de ellos llevaban años financiando a los Conservadores, enemigos de Jurares y de los Liberales y otros más tenían las manos manchadas de sangre inocente. Los más ladinos se hicieron acompañar de sus esposas, quizá la manera de llegar al emperador era por su esposa, la dulce emperatriz Carlota.

La comitiva se dispuso a esperar en el camino a Silao, cerca de la hacienda de San Juan Otates. Guardaban su sitio con la esperanza de ser los primeros en besar la mano de Maximiliano y en la distancia hizo la aparición.

Un grupo de húsares franceses se mantenían a la vanguardia, sostenían en alto los rifles, galanes con los uniformes impecables al igual que sus rostros, detrás venía el carruaje del emperador. El sol, que apenas salía, hizo brillar el dorado carruaje, llevaba en cada esquina un querubín dorado, las portezuelas guindas, y como era de esperarse, a cada costado el escudo de armas del Segundo Imperio Mexicano. Y detrás del carruaje llegaba una ola de húsares, fusileros, oficiales y demás acompañantes del emperador.

En carruaje se detuvo en medio de una nube de polvo, los menos brillantes se preguntaron si aquello no sería una falta, se imaginaban que en Europa todos los caminos eran de adoquín.

El cochero dio un salto fuera de su lugar y abrió la puerta, los presentes clavaron sus miradas en las figuras que venían en el carruaje, jamás habían visto un rey, y seguro sería la última vez que lo verían, así que no quisieron perderse de nada. Del carruaje emergió un hombre alto, de cabello rubio y barba espesa, tenía la mirada clara y bondadosa que proyectaba desde sus ojos azules. Vestía de ropajes azules con decorados de oro, en su pecho lucían varias medallas. Muchos quedaron decepcionados al verle llegar sin corona pero podían dejar pasar ese detalle, lo importante era que el Emperador estaba ahí, que los leoneses disfrutarían de su presencia.

Tras los saludos habituales, la comitiva dirigió al emperador a la ciudad, a su paso nacieron las marchas de honor, los vítores y los halagos. En la plaza principal se colocaron los cuadros del emperador y la emperatriz, con la inscripción: “Viva Maximiliano, Emperador de México”.  Durante los festejos, se vivió un sueño, aquellos que guardan esperanzas creían que sería el fin de los sufrimientos ¿Quién podía culparlos de desear la paz? México llevaba años pasando de un conflicto a otro. Aquel hombre, noble y romántico, parecía ser el indicado para pacificar al país ¿Cómo fuimos a equivocarnos?

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