Lealtad a la corona
29 de enero, 1811.
Todo lo que hice, lo que me motiva y los pecados que cometeré, todo ha sido por mi lealtad a la corona.
Tenía 20 años cuando participé en mi primer hecho de armas, cuando cierro los ojos aún puedo ver la enorme armada española, casi treinta mil hombres dirigiéndose a las playas de Argel, Teniente Félix María Calleja, siempre me gustó como se escuchaba, aunque no voy a negarlo, siempre he ambicionado ir lo más lejos que la sagrada Virgen de los Remedios me permita llegar. Así que como teniente participe en aquella odisea. Nos mandaron a la boca del lobo y esos argelianos no atizaron con fuerza, de la playa no pasamos y volvimos a los barcos dejando detrás cientos de muertos y heridos.
Me formé carrera a base de escupir sangre y acostumbrarme al olor de la batalla, enfrenté británicos durante la reconquista del puerto de menorquín y también en el infierno que fue el sitio de Gibraltar, y no pude imaginarme que mi destino era llegar a la Nueva España y enfrentar algo peor que los ingleses.
Me nombraron comandante y en mis manos tuve el honor de defender a mis compatriotas de aquellos revoltosos que pretendían causar daño y sufrimiento a los demás, era mi deber defender los intereses de la corona española, nunca encontrarían soldado más esforzado que yo, cruel dijeron unos, yo lo consideraba lo necesario.
Juro por Dios y por la Santa Virgen, que nadie se encontraba preparado para lo que ese maldito cura había preparado, y dudo que él mismo supiera el tipo de perro que dejaba sin correa. Todo empezó en el pueblo de Dolores, y desde entonces, hasta mi triunfo a las puertas de Guadalajara, la plaga que el cura Miguel Hidalgo comanda, pasó como una verdadera peste por cada sitio, y lo maldigo por lo ocurrido en Guanajuato.
Pero a quien no puedo perdonar es a Ignacio Allende, a mis ojos, es el más grande de los traidores, acogido en la calidez del imperio, vestido con los colores del ejército español y se atreve a levantarse contra la mano que le da de comer, eso no tiene perdón ante nadie.
Deseaba el mérito de su derrota, por eso no esperé refuerzos, me acerqué con decisión a Guadalajara, rogué a Dios por mi protección, dedique mi último pensamiento a mi amada Francisca y ahí, el 17 de enero en el Puente de Calderón, me dispuse a derrotar a los que se atrevieron a desafiar a la corona española, a defender el nombre de Fernando VII y mantener el legado de Hernán Cortés, y sin embargo, la suerte no parecía estar de mi lado.
Los rebeldes consiguieron dominar el campo de batalla, el ánimo de mis hombres no podría ser más bajo. -A la gloria o al infierno- le dije a mi alférez, después de dar la orden de hacer un último intento ¿Qué más daba? Moriríamos por el honor de España. El sonido de nuestros pasos dirigiéndonos a la embestida final era la orquesta apropiada pero la divina providencia no iba a dejarnos solos, una sorpresiva explosión desconcertó a los rebeldes, para mí no podía ser más claro, era una señal de nuestra victoria -¡A la carga!- nos echamos encima del enemigo, mis hombres no sintieron temor, se sentían poderosos y yo fui un privilegiado por contarme entre ellos.
Qué placer fue ver huir a los rebeldes, vencíamos una vez más, protegíamos a nuestras familias y el futuro del imperio.
Pero hoy me siento nostálgico, en la gaceta me han mencionado, me aplauden por derrotar a las huestes de ese cura y dan gracias a Dios porque pronto acabará la locura, imbéciles, no se dan cuenta que esto no sólo ha hecho más que empezar. No importa, yo estoy dispuesto a volver a pelear y morir por lealtad a la corona.
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