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‘Un Capítulo en México’

El Condenado

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26 de junio. 1811. Chihuahua.

Los condenados a muerte no duermen, intentan ‘disfrutar’ cada minuto que les queda de vida. Ignacio Allende abandonó su cama para recordar e imaginarse la profunda herida que dejaba en los españoles, y no sólo en ellos, en Europa hablarían de él, quizá Bonaparte también le pensaba a momentos –el criollo que desafío a España- se dijo con una mueca en su rostro que casi parecía una sonrisa.

Daba vueltas en su celda, encontrándose irremediablemente con una cruz colgada en la pared, al verla pensaba en el cura Hidalgo. Juntos habían dado el primer paso, aquella noche en Dolores significó tanto en la vida de ambos que cualquier cosa que hubieran hecho en el pasado ya no tenía valor, y lamentaba haber convencido a Hidalgo para unirse a las lucha, en el fondo sigue culpándolo por la barbarie de la Alhóndiga de Granaditas, por las ejecuciones sin sentido, por la derrota en Puente de Calderón. Al final tomaron la decisión de ir a Estados Unidos en busca de apoyo, y si no fuese por el bastardo de Ignacio Elizondo, lo hubieran conseguido, pero ese hombre les traicionó, y ahora, después de los exhaustos interrogatorios, les sentenciaban a muerte. De ser Capitán en el Regimiento de Dragones de la Reina, pasó a ser General de un ejército rebelde, y ahora un condenado que vivía sus últimos momentos.

Se dejó caer en la cama, en su mente se recreaba el momento de su arresto. Pasaban por Acatita de Bajan, cerca de Monclova, Elizondo prometió ayudarles a continuar su camino, cuando estuvieron cerca  Elizondo les saludó como un verdadero amigo, e incluso sostuvo una sonrisa en su rostro hasta el momento de dar la señal, los realistas salieron de su escondite amenazándolos con sus fusiles –perro desgraciado- farfulló Allende mientras su hijo sacaba una pistola de entre sus ropas dando tiro contra Elizondo que le chamuscó el cabello, pero sólo eso, mientras que Indalecio murió de un tiro certero. Allende se arrodilló a su lado, pasó su mano por su nuca recordando el tiempo en que Indalecio era tan solo una criatura.

Ese recuerdo le atormentaba, pero encontraba consuelo al pensar que su hijo no tendría que ser fusilado, no tendría que perder la honra ante un juez.

Escuchó el canto de un gallo, minutos después apareció un centinela que no se atrevió a mirarlo a los ojos, limitó su tarea a unas pocas palabras –es la hora- dijo, y escoltó al condenado al paredón. En el camino se encontró a sus compañeros, Juan Aldama y Mariano Jiménez, muchas veces les vio ignorar el peligro demostrando un valor inaudito en el campo de batalla, y esta vez no era diferente –General- saludó Jiménez, iban camino de la muerte, así que poco importaba que sus grados ya no fuesen reconocidos, Allende se sonrió –Señores. Nos esperan- se dirigieron al patio, en las miradas del pelotón de fusilamiento encontraron una mezcla de admiración y miedo.

Los condenados fueron puestos de espalda a sus verdugos, como lo manda el protocolo para los traidores. Allende suspiró, rogó a Dios proteger a sus hijos, y en un último acto de liderazgo, le sonrió a sus compañeros ¿Qué más daba morir? Juntos dieron inicio a una lucha que no terminaría hasta sacudirse a los españoles. Aquella era una bella mañana de primavera, las aves trinaban y el sol ahuyentaba el frio de la noche -¡Fuego!- el sonido fue estridente, ningún ser se atrevió a romper el silencio dejado por los disparos, los cuerpos se desplomaron, y frente aquellos hombres perdieron las vida los primeros luchadores por la libertad ¿qué más daba morir? Si sus nombres jamás serían olvidados.

                                                                    uncapituloenmexico@gmail.com

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