Estado de Guerra.
28 de mayo 1942, Ciudad de México, Palacio Legislativo de Donceles.
Los congresistas se encontraban consternados, sabían para qué estaban reunidos y a quién esperaban, lo que les hacía peinarse constantemente, beber agua apresuradamente y refregarse las manos, era la incertidumbre del futuro.
En México no había llegado la paz, las heridas dejadas por la Revolución ni si quiera habían terminado de cicatrizar cuando una nueva bayoneta ya señalaba la garganta de la nación. Cuando el presidente apareció frente al congreso, los aplausos fueron pocos, susurros demasiados y las miradas se convirtieron en flechas apuntando al presidente. Ávila Camacho se aclaró la garganta, regresó una mirada indomable y mantuvo un gesto serio, el mismo con el que siempre aparecía en las fotografías y que usaba en tiempos de la revolución para reprender a los soldados.
-Me presento a cumplir el más grave de los deberes que incumben a un Jefe de Estado, el de someter a la representación nacional la necesidad de acudir al último de los recursos de que dispone un pueblo libre para defender sus destinos- los susurros se silenciaron, ‘el último de los recursos’, muchos de los congresistas sabían lo que eso significaba, en 1910, Madero había tomado el último recurso para vencer al régimen de Díaz, pero esta vez no enfrentarían a un dictador, sino a varios -un submarino de las potencias nazifascistas torpedeó y hundió en el Atlántico, a un barco tanque de matrícula mexicana, el ‘Potrero del Llano’. Italia y Japón no han respondido a nuestra protesta. Peor aún. En un gesto de menosprecio que subraya el agravio y mide la arrogancia del agresor, la Cancillería alemana se rehusó a recibirla. Pero no se limitó a esto la alevosía de los Estados totalitarios. Siete días después del ataque al ‘Potrero del Llano’, un nuevo atentado se llevó a cabo. Otro de nuestros barcos, el ‘Faja de Oro’ fue torpedeado y hundido frente al litoral norteamericano- 20 vidas se perdieron, México ya daba su aportación de sangre a la terrible ambición de Hitler.
Ideas y miedos se agolpaban en el pecho de todos los presentes, nadie se atrevía a interrumpir al presidente, quien enlistó los lugares, por lo que la mano rígida del conflicto ya se había plantado: China, Etiopia, España, Austria, Checoslovaquia, Albania, Polonia, Inglaterra, Francia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, el Ducado de Luxemburgo, Grecia, Yugoslavia, Rumania, Hungría, Bulgaria, Rusia, y cuando Japón atacó a Estados Unidos, el miedo se hizo presente, la guerra llegó al continente americano -Dos caminos se ofrecían entonces a México. Uno, el de la guerra. Otro, el de cesación de todas nuestras relaciones con los Estados nazifascistas- los congresistas ya se mordían los labios ¿Por qué carajos no decía lo que ya todos sabían? Y al decirlo, los corazones se detuvieron por algunos segundos -existe un estado de guerra entre nuestro país y Alemania, Italia y Japón- muchos intercambiaron miradas, incrédulos ante lo que escuchaban, el presidente no titubeó y con la frialdad que debe tener un general del ejército continuó -Sí , la guerra, con todas sus consecuencias; la guerra, que México hubiera querido proscribir para siempre de los métodos de la convivencia civilizada, pero que, en casos como el presente y en el actual desorden del mundo, constituye el único medio de afirmar nuestro derecho a la independencia y de conservar intacta la dignidad de la República-
En la memoria se revivieron las lecciones de historia, la lucha por la independencia, la derrota contra los Estados Unidos, la resistencia contra el expansionismo francés, la reciente revolución y decenas de conflictos más a los que se había sobrevivido ¿Por qué no podríamos superar esto? –Señores, sean cuales fueren los sufrimientos que la lucha haya de imponernos, estoy seguro de que la Nación los afrontará. Los ilustres varones cuyos nombres adornan los muros de este baluarte de nuestras instituciones democráticas garantizan, con el testimonio de su pasado, la austeridad de nuestro presente, y son la mejor promesa espiritual de nuestro futuro. De generación en generación, ellos nos trasmitieron esta bandera que es símbolo espléndido de la Patria. ¡Qué ella nos proteja en la solemnidad y gravedad de esta hora en que México espera que cada uno de sus hijos cumpla con su deber!
El presidente terminó de hablar, por un momento nadie dijo nada, el tiempo parecía haberse detenido, finalmente, el congreso aplaudió, debían de olvidarse de las diferencias, el futuro del país se encontraba en juego.
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