José Samuel Becerra Mejía, un exguardia del Hospital General Regional de León (HGRL) que se encontraba en el jardín frontal de la clínica el pasado sábado, fue una de las personas que vivieron de cerca la tragedia del menor de edad quemado en una tienda del Barrio Arriba, en lo que pudo, lo ayudó, pero a pesar de eso, ahora tiene “un ángel en el cielo que lo cuida”.
En entrevista con El Heraldo, relató su historia:
“Yo estaba en el parque del Hospital Regional de León, mismo que se ubica enfrente de la clínica, y lo primero que recuerdo, fue haber visto correr a un indigente con humo en la cabeza.
Gritamos: ‘¡Agárrenlo, agárrenlo!’ Pero de broma; y se metió a una farmacia ubicada enfrente a la entrada principal de la clínica; no sabíamos en ese momento qué había pasado y ese sujeto entró a pedir una pomada porque parecía que se había quemado.
Después de que gritamos, el policía de la estación ubicada en el jardín salió corriendo y lo capturó, y en eso varías personas venían corriendo atrás y al voltear, nos dimos cuenta de que una casa se estaba quemando debido a que salía mucho humo de ella.
Era la tienda en la que acostumbraba comprar y al mirar todo el humo corrí a ver qué era lo que pasaba; ahí me acompañó un amigo y al llegar vi que el niño estaba completamente en llamas.
El pequeño cotorreaba y bromeaba conmigo: le decía ‘dame 12 pesos de refresco’ y tomaba una bolsa y me respondía ‘aquí se los pongo’ de forma irónica, y al final me daba el refresco de 12.
Cuando lo vi, mi compañero y yo nos metimos a la casa para poder ayudarlo a él y a su mamá, tenía la mirada fija en dirección al cielo y lo primero que le dije es que todo estaría bien.
No lo podíamos sacar, se nos resbalaba, su piel parecía derretirse y a como pudimos lo llevamos cargando hasta el hospital.
Su mamá nos acompañó todo el camino, estuvo gritando como desesperada y con un dolor muy grande.
Cuando entramos a urgencias estaba una camilla sola y yo le gritaba a la gente que nos ayudará porque sólo se nos quedaban mirando.
El niño estaba consciente, nunca se desmayó. Nos respondía que le iba a echar muchas ganas, pero su mirada estuvo fija siempre.
Lo dejamos en urgencias y le grité a los doctores que lo ayudaran por favor, su mamá también le gritó eso a manera de súplica, pero estaba muy desesperada y angustiada y la saqué de la clínica.
Dejamos al niño en manos de los doctores, ¿qué más podíamos hacer?
Se hizo domingo, y yo estaba sentado en una banca del parque afuera del hospital, cuando salió la mamá del pequeño de urgencias se dirigió a mí y me dijo: ‘nunca voy a olvidar lo que hizo por mí’, me dio las gracias y me abrazó, en seguida exclamó: ‘acaba de fallecer’.
Sentí feo, lloré, también tengo un hijo de 16 años y lo vi reflejado en él, lo que le dije a la señora fue que resistiera, que fuera muy fuerte para pasar todo esto, y las lágrimas se nos derramaron.
Así fue como ahora hay un ángel más en el cielo, que sé que cuidará a su madre, una señora muy alegre que pude conocer desde hace ya algunos años y que ahora atravesará momentos difíciles”.
Así fue como terminó de narrar el señor Becerra, pero por otra parte Rogelio Moreno Rocha, también presenció de viva voz todos los gritos y llantos del sábado.
Señaló que a su parecer ya se estaba derritiendo la carne del cuerpo del niño, experiencia muy fuerte y muy fea que no quisiera repetir nunca más.
