Inicio Columnas «Soy un pobre venadito…»

«Soy un pobre venadito…»

0

El 20 de septiembre de 1816 el señor don Félix María Calleja del Rey, que tuvo siempre la fría eficacia de la crueldad, entregó el virreinato a don Juan Ruiz de Apodaca.

            De muy distinta madera que su antecesor estaba hecho don Juan Ruiz, sexagésimo primer virrey de la Nueva España, que aquí sería nombrado Conde del Venadito. Aunque fue enemigo natural de la independencia, no usó contra los insurgentes los mismos rigores que Calleja; antes bien ejercitó con ellos virtudes de clemencia que le fueron muy censuradas por los gachupines. Concibió don Juan Ruiz una peregrina idea que nunca, por supuesto, llegó a poner en práctica: pensó que para evitar que la gran Ciudad de México cayera en manos de los levantados lo mejor sería rodearla con una alta muralla, en la cual se estrellarían de seguro los ataques de aquellos salvajes insurrectos. Debe haber recordado el señor virrey que eso habían hecho los chinos para defenderse de los embates de los bárbaros, y que también las antiguas ciudades tenían muros para defenderse de sus enemigos. No se construyó nunca esa muralla, pero la idea de don Juan Ruiz dio mucho qué decir a sus habitantes, que estaban siempre al acecho de cualquier ocasión para entregarse a los sabrosos deleites de la murmuración.

            No fue muy venturoso el gobierno de Apodaca. Durante su reinado se juró en España la famosa Constitución liberal de Cádiz, y eso fue como echar leña al fuego de las ansias de libertad de los americanos. La cosa, bien se sabe, habría de culminar en marzo de 1821, cuando Iturbide, que estaba directamente a las órdenes del virrey, se le salió del huacal y expidió el Plan de Iguala, con el que tuvo fin la larga lucha por la independencia mexicana. Los oficiales españoles del ejército del virrey tacharon a Apodaca de debilidad, y se levantaron contra él. Don Juan Ruiz hubo de dejar el cargo el 5 de julio de aquel mismo año, y lo ocupó muy brevemente, hasta septiembre, el brigadier Novella, a quien en puridad debe considerarse el último virrey de la Nueva España, pues el enviado para gobernarla, don Juan O’Donojú, no llegó a tomar formalmente posesión de su trono y sólo vino a México a dos cosas: a firmar con Iturbide los Tratados de Córdoba, que consumaron la separación de México y la metrópoli, y a morirse, trámite que cumplió el 8 de octubre de 1821.

            Don Juan Ruiz de Apodaca era hombre de buen corazón. Trató muy bien a los dos más grandes jefes insurgentes -don Ignacio López Rayón y don Nicolás Bravo- a quienes tuvo en su poder como prisioneros. A Rayón, condenado a muerte por los duros y vengativos tribunales formados por jueces peninsulares, le perdonó la vida no una vez, sino dos, pues dos veces le otorgó clemencia para salvarlo del cadalso, la primera con motivo del nacimiento de la infanta doña María Isabel Luisa, hija del rey de España, lo que le sirvió a Apodaca para sacar de las garras de la muerte a don Ignacio: dijo que no iba a empañar con una ejecución el júbilo por el nacimiento de la infantica; y la segunda en ocasión de las bodas de Fernando VII con María Josefa Amalia de Sajonia. Esa vez acordó el virrey otorgar un amplio y generoso indulto para señalar con regocijo tan venturoso suceso, y en él incluyó a Rayón.

            A don Nicolás Bravo lo trató no solamente con cristiana compasión, sino hasta le entregó el don de su amistad. En la fría, sucia y oscura cárcel que estaba en lo que es hoy el Palacio Nacional cumplía Bravo la rigurosa sentencia que los gachupines le habían impuesto. Dos años sufrió don Nicolás duras penas de prisión. No le tomaron en cuanta sus carceleros ni siquiera la munífica misericordia que había usado al salvar la vida a 300 prisioneros españoles a quienes Morelos -nada blando fue nunca el señor cura- quiso matar como venganza por la ejecución de Leonardo Bravo. Día y noche tenía don Nicolás que llevar una pesada barra de hierro que le impedía todo movimiento de los pies, y que no le quitaban nunca sus custodios. Debían cargarlo entre dos pasa sacarlo el exiguo patio de la cárcel a que tomara el sol. Don Juan Ruiz conoció a Bravo en una de las visitas que por tradición debía hacer a las cárceles ya en la Semana Santa, ya con motivo de la Pascua. Quedó conmovido por la longanimidad del reo, y la primera vez que lo tuvo frente a sí echó mano a su escarcela y sacó una onza de oro que dio de limosna a don Nicolás. Recibió éste la moneda con dignidad pero sin altanerías, y obsequió a cambio al virrey una cigarrera de madera primorosamente forrada con papelillos de colores, de las que hacía en su cautividad.

Salir de la versión móvil