Los estudiantes de educación superior, han de encontrar la forma de proponer la solución de conflictos, más allá de provocarse daños y lastimar la imagen de sus centros de estudios, muchos de ellos rehenes de gentes empeñadas en arruinarlos con el objetivo de limitar los éxitos de los centros públicos de educación.
La autonomía de los centros de estudios, es provechosa, en lo que respecta al aspecto académico: libertad de expresión, de pensamiento, de cátedra; reclamo de condiciones para que, el conocimiento se incorpore a la persona humana, como forma de vida, pero evitar que la protesta lleve a la cancelación del objetivo toral de la educación.
El verdadero peligro lo representan quienes, en la protesta pública, impulsan el acceso a la anarquía. Los gobiernos deben fortalecer las instituciones y procurar su evolución, para que la sociedad organizada encuentre formas de no cancelar libertades, sino de impulsar su ejercicio, sin que sea necesario sacrificar el prestigio de instituciones, que lastima a los egresados. Una muestra fue la campaña de algunos empresarios conservadores, que al solicitar personal, discriminaban a quienes hubieren egresado de las instituciones con líderes estudiantiles y maestros socialmente combativos.
La educación superior debe impulsar la participación de los estudiantes para la conformación de las instituciones generadoras de gobernantes. No debe haber enfrentamiento entre gobernantes e instituciones educativas, sino cooperación para el logro de las más elevadas finalidades de la educación.
Los universitarios, los gobernantes, los políticos y los sacerdotes, se generan en el seno de la misma sociedad. Levantar barreras para confrontar sin un fin axiológico, dividiendo en partes y, con frecuencia, usando como estrategia de lucha el maniqueísmo, crea problemas nuevos, en lugar de solucionar los existentes.
No debemos olvidar que la educación que el Estado imparta, debe comprender tanto la infancia como quienes cursan un doctorado o algún post doctorado, ahora de moda, para fortuna del área cognoscitiva de la educación. Las cúpulas políticas, económicas y religiosas deben buscar con afán que la educación sea promotora de la paz social y se destierre el discurso del odio.
Las universidades, los jardines de niños, los paridos políticos y las asociaciones de empresarios, requieren con urgencia de pedagogos, maestros altamente calificados para que propicien la generación de condiciones para que en los centros de estudios, se viva la democracia como forma de vida, fundada en el respeto a la dignidad de todos quienes integren la comunidad.
Estudiantes y egresados con los más altos lauros, deberán ser impulsores del ejercicio de la libertad con responsabilidad.
