Las películas y series de parejas de espías son un tema constante en el género de acción. Se pueden mencionar ejemplos al por mayor, como ‘The Americans’ o más recientemente, ‘Citadel’. Esas historias de infiltrados en un país que buscan secretos fuertemente custodiados han fascinado a la gente desde que, a mediados del siglo pasado, arrancó la Guerra Fría y las álgidas disputas entre capitalismo y socialismo eran pan de todos los días.
Pero, ¿cuánto hay de verdad en esto? Existe un caso completamente verídico sobre un matrimonio que fue acusado de espionaje por vender secretos relacionados con armas atómicas, pero a diferencia de la ficción, donde impera la justicia, todo estuvo rodeado de arbitraridades, odios y prejuicios de la época. Es la historia de Ethel y Julius Rosenberg.
Julius nació en mayo de 1918 y Ethel en 1915. Se conocieron en 1936, para contraer matrimonio 3 años después. Él era ingeniero eléctrico, ella secretaria con aspiraciones a actriz. Tuvieron dos hijos. Ambos formaron parte de las Juventudes Comunistas y no negaban sus ideales políticos.
Mientras tanto, llegaba la era atómica, y las dos potencias mundiales (Estados Unidos y la Unión Soviética) buscaban con desesperación dominar la energía del átomo. Como era de esperarse, en los países capitalistas había mucho científico de izquierda quienes colaboraban con Rusia, y los espías eran personajes tan habituales como hoy en día los tik tokers.
Un día, David Greengrass, hermano de Ethel, quien era sargento y trabajó en Los Alamos en el Proyecto Manhattan, fue detenido y acusó a Julius y Ethel de pasar planos de la bomba atómica a los rusos, además de radares y motores de propulsión.
Julius fue arrestado el 17 de julio de 1950 y Ethel el 11 de agosto, en su casa en Knickerbocker, Nueva York.
Fue así como el juicio empezó el 6 de marzo de 1951. Sin embargo, no había pruebas suficientes. La información que pasó Julius era muy pobre para ser condenado, y su esposa fue un chivo expiatorio. Se cree que se le acusó para presionar al marido.
LA INJUSTICIA
La paranoia anticomunista de Estados Unidos, ligada al odio de la opinión pública, hizo que el juicio fuera sumamente injusto, aunado a que en el jurado hubo una sola mujer y que Ethel no se portaba como una dama frágil sino con total entereza (acción imperdonable para el machismo de la época) de modo que ocurrió lo inevitable: el 29 de marzo de 1951 se dictó condena a muerte en la silla eléctrica.
Grandes personalidades de la época protestaron contra semejante monstruosidad, como el filósofo Jean Paul Sartre, el pintor Pablo Picaso, el músico Bob Dylan, quien compuso la canción ‘Julius & Ethel’ e incluso el papa Pío XII rogó clemencia.
De nada sirvió. La ejecución sería inevitable, pese a las constantes manifestaciones en la cárcel de Sing Sing, donde la pareja estaba encerrada.
Un 19 de junio de 1953 se llevó a cabo la ejecución, después de muchos aplazamientos. Julius recibió 3 descargas, mientras que Ethel necesitó 5, pues la silla eléctrica no se acoplaba a su cuerpo. “No estoy sola, Muero con honor y dignidad, sabiendo que mi esposo y yo seremos revindicados por la historia”, dijo.
Años después, en 2001, Greengrass reconoció acusar injustamente a su hermana. Fue necesario medio siglo para que confesara la verdad.
Los hijos de la pareja, Michael y Robert, fueron dados en adopción y se les cambió el apellido a Meerpol. Años después, El segundo publicaría sus memorias, ‘La ejecución de una familia’ donde cuenta su vida y por obvias razones, expresa un enorme rencor a su tío.
No queda sino cerrar esta triste historia con parte de la canción que les compuso el Nobel de Literatura, Bob Dylan: “La gente pensó que eran culpables, algunos incluso dijeron que no hubo ningún crimen, Julius y Ethel. […] La gente mira a esta pareja con desprecio y duda, pero se amaban hasta el momento en que se marcharon”.
