jueves, septiembre 3, 2026
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REZA POR MÍ

(PARTE I)

         Mi Papi  (bendito sea Dios que todavía lo tengo conmigo), me mandó por WhatsApp un artículo escrito por Miguel Ángel Robles, y que fue publicado en ABC, de Sevilla, que me gustó tanto, que no puedo dejar de compartirlo con ustedes, querid@s lector@s.

         Empieza diciendo que no es habitual que un artículo dedicado estrictamente a la Oración y lo que esta puede ayudar a la persona, tenga una página entera en la sección de opinión de un gran periódico… y dice así (lo que está en cursivas, son pequeñas observaciones mías):

         “Rezar es una conversación con Dios.

Rezar es una conversación con los que ya no están, el recuerdo de los que te antecedieron y la oración para seguir su ejemplo.  Y también pedirles a ellos por los que estamos aquí.

Es el momento de más calma del día, y, en mi caso, el de primera hora de la mañana, poco más de las seis, y el agua de la ducha caliente cayendo despacio sobre los hombros.

         Rezar es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus Abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia.

         Es pasar  por la Iglesia de San Pedro (o a cualquier Iglesia, cualquier capilla, la del Jassá, por ejemplo), de camino al colegio, y rezarle al Cristo de Burgos (o a cualquier imagen de Jesús) un Padre Nuestro para que te ayude en los exámenes.  Es el refugio del frío, y el silencio acogedor.  Rezar es tener memoria.

         Rezar es lo que va antes del trabajo o después del trabajo, y lo que nunca lo suplanta, porque ya lo dice el refrán: “A Dios rogando y con el mazo dando”.

         Es lo único que puedes hacer cuando ya no puedes hacer más, y es la forma de comprometerse de quien no tiene otro medio de hacerlo;  como cuando rezamos por un enfermo que se va a operar y ya está todo en manos del cirujano (y de Dios).  O como cuando ves a tu hija llevarse sola por primera vez el coche y sólo puedes pedirle a Dios que la acompañe y cuide, porque tú ya no puedes.

         Rezar no hace milagros, o sí los hace, eso nunca lo sabremos (yo sí lo sé, y está comprobado por estudios de  la Universidad de Indiana, EUA), pero ofrece consuelo al que reza y a aquel por quien se reza.  Rezar nunca es inútil, porque siempre conforta.

         Rezar es decir: “Rezaré por ti”, y también: “Reza por mí”.  Y es por tanto, lo contrario a la vanidad.  Rezar es la aceptación de tus limitaciones.

Es aprender a resignarse cuando lo que pudo ser, no ha sido.  Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad.  Rezar es resignación cuando procede, pero también arrebato y pundonor cuando toca.  Es buscar las fuerzas si no se tienen y confiar en que las cosas van a ser como deberían ser.

Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir, como en la canción, “…erguido frente a todo…”, y es mi padre antes de morir.  Rezar es fragilidad y entereza.

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