
Sus nombres fueron Arturo Muñoz Ornelas (1992-2022) y David Zúñiga (2004-2022), quienes descansan eternamente en las primeras cuatro tumbas justo a la derecha de la entrada del cementerio. Gran mayoría de las gavetas están vacías, y el resto del terreno tiene solo tierra.
Hace dos meses, el 7 de septiembre, una tragedia enlutó a la comunidad de Duarte, (que es la que más inmigrantes congrega en todo el municipio de León) cuando dos personas murieron en una obra realizada por el Sistema de Agua Potable y Alcantarillado de León (SAPAL).
Los hechos ocurrieron de esta forma: durante la mañana de miércoles, alrededor de las 12:00 en la calle Florida, entre Camelia y Margaritas, Arturo y David se encontraban trabajando, cuando, al intentar manejar unos tubos de alcantarillado, quedaron sepultados. Uno tenía 30 años, el otro 18. Posteriormente sacaron los cuerpos, quienes fueron enterrados en el panteón recientemente abierto, ubicado justo frente al antiguo.
Cinthia Muñoz es la prima de Arturo. Llegó a rendir homenaje a su familiar alrededor del mediodía, dejando en la tumba su comida favorita: unos Rancheritos, unas tostadas y salsa muy picosa, “como a él le encantaba” recuerda.
La comunidad de Duarte lució repleta del habitual colorido del Día de Muertos: por doquier se escuchó música, se vieron adornos y podía olerse el cacahuate recién tostado y el azúcar de los alfeñiques. La gente no dejaba de arreglar las tumbas y lavarlas, tal como ocurre en miles de cementerios en todo el país. Cinthia miró la tumba de Arturo, que tenía una inscripción escrita por sus seres amados:
“Con amor y cariño. Recuerdo de su esposa, hija, padres, hermanos y familiares” y “Yo no he muerto. Estoy con ustedes, y mientras estén unidos y me recuerden con amor, yo seguiré viviendo. La vida sigue adelante. Si me necesitan, piensen en mí, aunque no me miren ni me puedan tocar, yo estaré allí. Sentirán el calor de mi amor en sus corazones, cuando ustedes tengan que viajar por este camino, yo los recibiré con una sonrisa y los brazos abiertos, y les diré bienvenidos”.
Sobre la visita a la tumba, Cinthia recuerda: “es una experiencia que nunca habíamos vivido. A dos meses, casi diario lloramos. El dolor parece que no se va”.